domingo, 27 de junio de 2010

La Virgen del baño turco, Sonia Chocrón




A Gabo, en recuerdo de los días memorables en San Antonio de Los Baños y México.




      Allí desnudo, destilando con el vapor, cualquiera lo habría confundido con un magnate holgado y ocioso. Nada más lejos de la verdad si es que la verdad tenía alguna importancia en este caso.
      El hombre que sudaba sobre las lajas pulidas del baño sería por no mucho tiempo más Hipólito Santamaría, un hombre que nunca se comió un semáforo en rojo, jamás se atrevió a pasarse de tragos, mucho menos a fumarse un porro y por lo demás, tenía organizada la vida de tal forma que los Lunes fueron siempre Lunes y los Domingos el día de ir a misa.
      Lo del baño turco había sido un simple accidente, un premio en una rifa de verbena, una promoción más que injusta.
      Aquella tarde en la romería anual de los curas salesianos, Hipólito había comprado un boleto de rifa no tanto animado por el primer premio, un televisor a color de 27 pulgadas; tanto menos por el segundo, un viaje de ida y vuelta a Isla Margarita y ni hablar del tercero –la sesiones gratis en el spa de un gimnasio de lujo al este de la ciudad- lo había hecho sobre todo para que sus allegados que no eran muchos, incluida su mujer, no fueran a decir que Hipólito Santamaría no colaboraba con las causas de los niños abandonados y los perros callejeros. A saber, los fondos recaudados en el sorteo iban a ser destinados al refaccionamiento de dos casas hogar para niños de la calle y para la dotación de la perrera municipal de su barrio.
      Qué podían significar tres sesiones en el baño turco de un club de gimnasia para un hombre que sólo conocía de texturas de madera, de tornillos, de lacas matizando colores, de armatostes forjados con sus manos. Nada en su cuerpo estaba hecho para sudar de otra forma que no fuera desmemoriando el tronco de un árbol hasta convertirlo en un mueble que apenas recordara su naturaleza primigenia.
      Pero Hipólito Santamaría acudió a esa primera cita en el gimnasio decidido y temeroso, con la curiosidad de un niño que se asoma por el ventanal de una tienda rara y nueva. Allí le indicaron que debía quitarse la ropa para comenzar con la sesión de masajes previos al vapor, pero Hipólito resistió la idea de dejar que alguien extraño, que no fuera Lucía ni el médico internista del hospital, hundiera los dedos en la masa de su carne ya un poco vencida. Prefirió entonces ir directo al baño de vapor y con un poco de vergüenza mal disimulada fue quitándose las pocas prendas que le cubrían el cuerpo.
      Comenzó por los zapatos triturados, luego los calcetines de nylon azul celeste. Cuando se vio los pies desnudos sintió un súbito ataque de pudor como si se hubiera descubierto su propio miembro ante la mirada de una multitud. En ese momento, Hipólito se cercioró de que estaba íngrimo y poco tiempo después continuó con la maniobra de deshacerse de aquella ropa que formaba parte de su propia piel.
      Levantó de la superficie fría del piso el dedo gordo de cada pie como si quisiera con ellos apuntar a la copa del techo para volar hasta allá, a donde nadie le viera desnudo. Pero Hipólito se encontraba solo. Dejó caer por fin su pantalón de mezclilla más o menos roído y una camisa de algodón verde musgo. Por último, sus calzones a rayas cosidos por las burdas pero amorosas manos de Lucía. Rodeó rápidamente su torso con una toalla alba mullidísima para no tener que verse el pene él mismo y se adentró sigiloso en uno de los cubículos blancos como la toalla, tapizado de lajas tersas y brillantes en medio del sopor del humo espeso.
      Nada sabían de él los dos hombres que departían justo en la banqueta de enfrente. Nada conocían de Hipólito y sin embargo les dio por hablar como si estuvieran solos.
      Hipólito había llegado justo en el momento de una pausa de silencio de Alvaro Brandao. El hombre meditaba la dosis de palabras justas que eran precisas para convencer de sus propósitos a Diego Castellari.
      Después de aquel silencio no demasiado largo que había provocado la intriga de Castellari, Alvaro Brandao prosiguió. Su voz se tornó grave y los ojos de Castellari, opacos y envejecidos, relumbraron repentinos y ávidos, como los ojos del hambriento frente a un plato de comida caliente y apetitosa. La estampa parecía menos la de dos hombres haciendo una historia y más el fresco de un ávido cazador y su presa.
      Brandao se refirió a una mujer como quien menciona a alguien sin nombre, sin identidad y sin historia. La llamaba La Innombrable. No sabía Hipólito que parafraseaba con ello a un personaje de una antigua novela de Manzzoni. La Innominata era una mujer perfecta, decía Brandao, tremendamente perfecta y letal. Seamos más precisos: perfecta, devota y letal. Al menos eso le pareció entender a Hipólito quien se dejó capturar de inmediato por los misterios de Alvaro Brandao, por su porte de hombre verdadero y cabal en las palabras.
      Hipólito Santamaría quiso decir buenas tardes al dúo, advertirles honrosamente de su presencia antes de que fuera revelado algún secreto; balbuceó algún sonido ininteligible y comprendió de inmediato que su esfuerzo por ser cortés y prudente era inútil. Aquellos dos hombres estaban enfrascados en una historia y su humanidad resultaba absolutamente desapercibida. Más aún, innecesaria.
      La joven había sido novicia pero acababa de ahorcar los hábitos porque un hombre malintencionado la había convencido de concursar en el certamen de Señorita Venezuela para luchar desde una tribuna prominente por la justicia de los pobres. Y porque era alta, y frondosa, y gentil a la hora de hablar, y porque tenía dos nalgas que se balanceaban en el espacio como pompas de jabón a cada paso de ella. Y era una virgen de veinte años que se parecía a la madre de la humanidad, a María con las rosas en la mano.
      Así que había accedido a participar, después de mucho dudarlo, en aquel concurso de belleza vernácula con el visto bueno del cura de su parroquia y con la anuencia secreta de los delincuentes de su barrio. Tenían casi su misma edad y la conocían desde que era una niña y se confesaba en la capillita cuando ellos no eran aún tan famosos como lo son hoy con los motes de Pulgarcito y Mierdamuerta. Asesinos de arrabal, jefes de la droga de toda la zona y devotos de Mariana Reyes por accidente, cuando desnucaron a su primera víctima y salieron ilesos gracias al aura de impunidad que Mariana dejó como estela, cuando cruzaba por allí persiguiendo un taxi.
      Hipólito había quedado prendado de esta historia acaso falsa y había decidido, muy dentro de él, que tomaría las tres sesiones de baño turco que se había ganado para poder concluir con la curiosidad y con el furtivo goce que le propiciaba la estampa imaginaria de esa joven desconocida.
      Después de un suspiro largo e insondable, Alvaro Brandao calló. Castellari e Hipólito le miraron fijamente a los ojos como esperando alguna conclusión. Solo que los ojos de Hipólito Santamaría desviaron su objetivo hasta una laja blanca demasiado parecida al horizonte vago y torpe del disimulo.
      Hipólito quería saber qué hacía una virgen en un barrio oscuro de Caracas. Quería saber si el ladronzuelo enano llamado Pulgarcito y su secuaz, el tardo Mierdamuerta, convertidos en asesinos, recibirían algún día su merecido. Quería saber, sobre todo, si Mariana Reyes llegaría a ser reina. A pesar de sus pensamientos confusos, o quizás precisamente por ellos, Hipólito deseaba permanecer allí, en el baño de vapor junto a los dos desconocidos y al fragor de esa historia. Había olvidado el pudor de estar medio desnudo frente a dos hombres, había olvidado que ya era la hora del guiso con carne y frijoles que de seguro Lucía le tenía preparado. Poco le importaba que hubiera adelgazado un kilo de tanto sudar.
      -¿Y va a ganar el concurso?- Pregunta inquieto y anhelante Diego Castellari, e Hipólito se regocija porque va a conocer la primera respuesta a sus dudas; pero el interlocutor es demasiado ambiguo para la mente desguarnecida de Hipólito Santamaría.
      -Si y no- responde a secas Brandao. Luego lo medita otra vez unos instantes y habla de nuevo: -sí, va aganar, pero por distintos caminos-. Y la tarde se hace casi noche en medio de la ciudad incómoda y desesperanzada.
      La sesión de aquella tarde había concluido.
      Durante el camino de regreso, a Hipólito le asaltaban estampas vivas de Lucía, su mujer por más de veinte años. Recordaba su lunar peludo en la mejilla, su voz gangosa y sus remilgos, el amor que alguna vez le tuvo y el deseo menguado todas las noches después de cenar su vianda grasienta y desaborida.
      En medio de la repelente evocación de Lucía y sus platillos, Hipólito topó con una escena que no esperaba, a pesar de haberla soñado con todos sus sentidos durante las horas previas.
      La mujer estaba allí, frente a él, frente a decenas de fotógrafos y curiosos, posando en la fachada de la Iglesia de Santa Teresa, con hábitos de novicia y sandalias de tacón muy alto. Parecía de otro mundo. Su forma de andar, a una altitud de casi un metro ochenta por sobre la tierra, al compás de dos pechos inigualables. Su rostro inmaculado y maternal, su piel pulida como un durazno en ciernes. Era ella, no le cabía ninguna duda, la novicia que había decidido ser la Señora de Venezuela.
       Hipólito comenzó a temblar de pies a cabeza, por todos los recodos y aristas de su cuerpo y su cabeza, quién sabe si por miedo o tal vez por la feliz coincidencia de encontrarse frente a frente con la joven que desde hacía algunas horas ocupaba sus emociones cándidas y no tuvo más remedio que pensar que la virgen del baño turco era verídica.
      De inmediato, y como guiado por un arrebato ajeno, se abrió paso entre la gente anónima y logró llegar muy cerca de ella, a pesar de la seguridad y las cámaras y la multitud de curiosos y la presencia inquebrantable de Pulgarcito y Mierdamuerta –los reconoció de inmediato por la pequeñez de uno y la parsimonia del otro- y cuando estuvo allí, a un lado, a pocos centímetros de su cuello blanco, le susurró.
-Tú vas a ganar.
      Ella lo miró desconcertada no sin antes detallar la barriga mofletuda de Hipólito y la terquedad del sucio bajo las uñas de sus manos.
      -Vas a ser la reina de este país- sentenció de nuevo Hipólito con la seguridad de un vidente en pleno trance adivinatorio. Segundos después, Mariana Reyes, así le dijeron que se llamaba, desaparecía del horizonte de todos los testigos de la sesión de fotos, conducida por los organizadores del concurso, los fotógrafos y los maquilladores, escoltada siempre por sus admiradores fieles y sus guardianes inquebrantables.
      Esa misma noche, sobre la cama tibia y espesa, Hipólito le relató a Lucía detalles del baño turco y la sensación del vapor sobre la piel agobiada, le habló de los dos hombres que lo ignoraron como si fuera incorpóreo y asomó vagamente la historia de la novicia virgen ahorcando el amor a Dios por un título de belleza.
      -Eso debe ser una película. En este país hacen películas así, de los temas más necios que una se pueda imaginar- Dijo Lucía con cierto desprecio.
      -Eso creía yo, pero no es así.
      -¿No? ¿Cómo lo sabes?
      Hipólito negó tres veces con la cabeza, suspiró e hizo silencio. Era como si se hubiese quedado meditando sobre lo que había escuchado y lo que había visto esa tarde, recapitulando escenas y sonidos y fragancias para poder darle una respuesta razonada a su mujer. Lucía esperó la conclusión a sus incógnitas pero su marido se había quedado irremediablemente dormido.
      Entonces masculló entre dientes los trozos de relato que Hipólito acababa de contarle y no le sentó bien. Sintió desgano, dudas, náuseas y un remoto olor a riesgo, pero al final concluyó que su esposo era demasiado iluso como para hacerle caso. Dejó de lado sus cavilaciones y se entregó al sueño, agotada de tanto pensar.
      A la segunda sesión del baño turco Hipólito procuró ir bien preparado. Se limpió la cera de las orejas con afán meticuloso, lo mismo hizo con la mugre ancestral adherida a todas las uñas y tuvo la precaución de llevar su único y minúsculo maletín de viaje con un desodorante y un peine dentro, además de una muda de ropa limpia.
      Cuando entró, los dos hombres ya estaban sentados como dos fantasmas en medio de la nube de vapor blanco que lo devoraba todo.
      Por segunda vez, los caballeros desnudos ignoraron la presencia de Hipólito y continuaron la conversación como si nadie más que ellos habitara el mundo, la ciudad y el tiempo.
      Mariana Reyes, al principio y según las proyecciones, no iba a ganar, sería la primera finalista. Pero, a través de los trámites necesarios, se coronaría al final como el bastión de un país olvidado, la testa de un proyecto mucho más grande que ser una majestad de belleza y nada más. Debía ser la gran madre.
      Hipólito no se dejó intimidar por su condición de ignorado; muy por el contrario, se sentía parte del complot, de la parábola y su desenlace. De manera que tomó asiento más cerca que la tarde anterior, y se dispuso a escuchar con fruición el resto de la historia.
      Cuando Mariana Reyes decidió participar en el certamen, había aceptado con ello todos los singulares eventos que le eran ajenos, incluyendo una cirugía plástica menor para corregir una de sus orejas, demasiado vertical para el estándar del torneo y que el famoso cirujano Boris Zaidman subsanó sin problemas en su humanidad inmaculada.
      Durante la presentación a la prensa de las candidatas, debió someterse a severas clases de gimnasia rítmica, oratoria y además, escoger un vestido sensual que en nada le recordaba su pasado devoto. Sería una fiesta de disfraces relativos a las distintas razas del país mestizo, así que tuvo que usar una fantasía libre de india Caribe con lentejuelas y canutillos brillantes y plumas de avestruz teñidas de verde kiwi.
      Después de la coreografía de los diablos danzantes–el público aplaudió a rabiar- y una vez en su camerino, un diablo de Yare infiltrado en el área de las concursantes, tomó a Mariana por la fuerza, tanteó sus pechos insignes, los acarició con fuerza infernal, los lamió como a copas de helado con una lengua glotona y espesa e introdujo su mano izquierda hirviendo por entre las entrañas de la india y su guayuco, hasta hacerla sucumbir al deseo. La poseyó veloz, la penetró hasta hacerla sonrojar de placer y luego huyó.
      Fue así como esa noche Mariana, asaltada por un diablo–cualquiera que haya sido la identidad de aquel disfraz anónimo- trocaría para siempre su destino como virgen.
      Hipólito estaba a punto de llorar por la tragedia de Mariana, se sentía traicionado. Se le inundaron los ojos de nubes y lágrimas, pero las contuvo no fueran a pensar que era un intruso más que gordo, blando. Pero muy dentro de él sentía una tristeza grave, seguro como estaba de que todos los sueños y la perfección de la virgen se habían ido al traste.
      Brandao y Castellari ni siquiera se percataron de la melancolía de Hipólito. Ellos, en cambio, fulguraban de goce. Para Hipólito, ellos habían engañado a la pobre joven, y coronaban uno a uno sus planes de dominio.
      -Entonces- dijo Castellari con la mirada llena de vigor -la vida no es como se planea...
      Hipólito estuvo a punto de romper en un llanto de impotencia y odio.
      -...la vida no es como se planea...sino mucho mejor- remató Brandao.
      Esa noche, Hipólito Santamaría no pudo ocultarle a Lucía la aflicción que llevaba a cuestas como un fardo macizo y gris. Casi de inmediato, al verlo llegar, Lucía tuvo la certeza de que a su esposo le asaltaba uno de aquellos amargores que de vez en cuando lo retenían en casa y lo condenaban a un mutismo universal.
      Sólo que esta vez, Hipólito no calló. Y le dijo a Lucía lo que le había pasado a Mariana Reyes, del diablo y la desfloración, del placer de aquellos dos desconocidos envueltos en toallas blancas, crueles como hienas.
      Incrédula y celosa de la monja, Lucía trató de disuadir a su marido de esa historia artificiosa, más que falsa, imposible. Le hizo el amor con una ternura ya casi olvidada y sintió que lo reconocía otra vez, después del tiempo. El deseo de aliviarlo de sus pensamientos enmarañados no era otra cosa que el amor reblandecido durante muchos años, acabando de renacer.
      Pero fue en vano.
      La fiesta tuvo lugar, hubo bailes de tambores, hubo joropos y hubo una danza de diablos de yare, enmascarados de rojo y negro, envolviendo el escenario de fuegos y nervios y alegría. ¿Era una coincidencia?. Toda la prensa lo había reseñado desde muy temprano, a la mañana siguiente.
      Para no verlo en la televisión ni escucharlo de las gentes ni asomarse de reojo a las noticias, Hipólito se concentró en un armario. Terminó de cepillar el tablón de roble que coronaría el mueble sin que ninguna astilla penetrara en su piel callosa y áspera. Recordó la víspera y su escena de amor con Lucía, cuán rutinaria y calma, cuán pesada al tamiz del estofado de carne. Cuán torpes sus cuerpos ya para el amor. Recordó también la primera vez que se acostó con Lucía, la primera vez de ella, carnes morenas y aterciopeladas rozándose temerosas contra su cuerpo atlético y joven.
      Recordó la mirada de carnero degollado que tenía Lucía cuando después de la primera vez le preguntó “¿Me quieres?” No tuvo dudas de que la quería luego de que Lucía clavara esa mirada lastimosa y hambrienta sobre sus propias pupilas inquietas.
      Rememoró el aroma de la virginidad de Lucía, un olor a jabón azul, a tela despercudida y pulcra, una esencia tierna, de cachorra; vislumbró sus manos sin gracia recorriendo su miembro con aspereza y ganas. Sus labios llenos de dientes y de miedo.
      Esa idea le trajo a la memoria a la virgen del baño turco, la joven de piel blanca y rostro inmaculado que campeaba inusitada por un viejo barrio de Caracas lleno de malhechores y miseria. ¿En qué consistía su virginidad, esa que había perdido?. ¿Qué olor tenía?
      Espantó los fantasmas de su esposa y de Mariana tan pronto como pudo y continuó con su tablón ya listo para comenzar a lijar por cuarta vez. Todo él comenzó a teñirse de polvo rojizo, su rostro, sus pestañas y sus manos. Se fue haciendo cada vez más sucio hasta que ya no quedó ni un sólo intersticio de su cuerpo que no estuviera sellado con el polvillo de la madera. Pero fueron sus manos, negro en lo negro, las que permanecieron invictas.
      Había dudado de acudir a la tercera y última sesión de baño turco, ya no quería saber más de la pobre muchacha, menos aún, departir con los dos facinerosos que trazaban aquel relato. Pero a última hora se decidió. Pretendía deshacer sus dudas sobre la autenticidad del cuento, y sobre todo, codiciaba averiguar el insondable destino de la novicia más hermosa y desgraciada del mundo.
      De pronto, a Hipólito le dio por escrutar los rostros de los dos hombres. Alvaro Brandao, ese que contaba la historia de Mariana Reyes, estaba en sus treinta tardíos y tenía la apariencia de un actor de cine. El otro en cambio, mucho menos joven, debía tener al menos setenta. Tal vez más. A ese, los pómulos se le habían hundido y la dentadura postiza, blanca e impecable, era el único rasgo que lo hacía más humano y menos parecido a una calavera inerme. Usaba unos espejuelos de aumento muy gruesos, enmarcados en carey, que se empañaban con el rocío del vapor a cada instante y sólo hablaba cuando le era propicio. A Hipólito le pareció recordar vagamente a aquel viejo de otros tiempos. Pero su memoria era en ese instante una sustancia imprecisa y resbalosa.
      No desdeñaron al intruso, le saludaron con una venia, aunque su presencia resultó tan común, pequeña e inocua como las tardes anteriores. Pero esta vez, Hipólito Santamaría no desvió ni una sola vez la mirada hacia el fondo de los azulejos para tratar de disimular su interés. Por el contrario, se sintió con absoluto derecho de atender y opinar aunque sólo fuera mentalmente.
      Sin embargo, apenas si notó algún detalle en los músculos faciales prensados de Alvaro Brandao. Tampoco se percató de que el timbre de la voz del hombre acusaba cierta tensión en sus cuerdas vocales, mucho menos de que el añejo Castellari, -recordó de pronto que era un líder sindical de vieja data- oscilaba nervioso sobre sus huesos vetustos. No entendió que Mariana deseaba ganar para ser reina, para ser poderosa, para vengar los años de anonimato y modestia. Igual que el anciano, y el joven.
      Sólo atinó a intuir con simpleza que de seguro esa tarde escucharía el final de la fábula de Mariana Reyes de los labios excitados de Alvaro Brandao. Se equivocaba.
      Esa misma noche se celebraba el concurso de Señorita Venezuela y a Hipólito le pareció tontamente que los hombres preparaban a Mariana Reyes para ser, no la majestad de la belleza, sino la soberana de una república incauta. Hipólito pudo discernir entonces, para su sosiego interior, que toda la historia de Mariana Reyes era forjada, tejida por esos dos hombres que tal vez hacían una película baladí sobre una historia imposible, como decía Lucía, y que nada tenía que ver con la verdad genuina.
      Esa tarde, al salir de la última sesión del baño turco, Hipólito se sentía tan liviano como una nube. Iba feliz durante el trayecto del bus hacia la parada más cercana a su casa, con el alivio de saber que Mariana Reyes nunca existió.
      Cuando llegó a su casa abrazó a Lucía y la besó con tanto amor que Lucía se tornó capciosa y suspicaz.
      -¡Tu tenías razón, Lucía!
      Y Lucía, aún sin saber de qué hablaba Hipólito, estuvo satisfecha de que su esposo le concediera la razón, una vez más y como siempre.
      -¡Lo de la novicia, la reina de belleza... era una paparrucha, Lucía!
      Lucía se tongoneó de gusto, lo miró de reojo y sólo comentó con una vocecita tenue que no parecía suya: -Yo te lo dije.
      Hipólito estuvo bien dispuesto a hacer el amor con su mujer de siempre, con un ánimo renovado y festivo, sin distracciones fútiles, a pesar de que las imágenes de la televisión se sucedían sin pausa como telón de fondo de sus dos cuerpos desnudos y marchitos.
      Veinticinco mujeres jóvenes desfilan por un escenario colorido y almidonado. Dos leones cruzan el cuadro mientras el animador del espectáculo, vestido de frac y empolvado el rostro, comienza a leer de un sobre la lista de las finalistas. A la palestra se adelantan cinco mujeres y una es Mariana Reyes.
      Con el rabillo del ojo, Lucía esquiva el cuerpo hinchado de su esposo que se balancea sobre su pelvis, para ver retazos del invariable concurso de la televisión. Quiere escuchar lo que dicen pero el resoplo intermitente de Hipólito se lo impide.
      Van coronando una a una a tres mujeres. Las demás lloran defraudadas pero entienden que han perdido y se retiran vencidas hacia un costado de la pantalla.
      Hipólito se afana sobre el cuerpo de Lucía para llegar a la cresta de su apetito.
      Ahora quedan solo dos mujeres. Una trigueña muy larga y otra blanca y llena de gracia a quien Lucía identifica como a Mariana Reyes. Lleva un crucifijo de plata sobre su pecho desnudo. Los destellos de la joya hacen eco en el lente de la cámara.
      Para acompañar a Hipólito, Lucía contorsiona sus caderas con una melodía acelerada y desliza su lengua timorata y callada a lo largo del cuello de su marido.
      El animador abre un último sobre y escruta.
      -La primera finalista es muy importante pues será quien cumpla los deberes de la reina en caso de que esta se viera impedida.
      Y la ganadora no es Mariana, es la otra. Y rápidamente acuden en manada todas las concursantes alrededor de la nueva alteza mientras alguien le clava la corona sobre su cabellera negra y cautiva. Las otras jóvenes la rodean en un abrazo común, triunfal, desesperado y, por unos instantes ínfimos, el rostro de la reina coronada desaparece de la pantalla en un fárrago de peinados y manos y besos y lágrimas destempladas.
      Pero en el instante en que los apretones han cesado, el rostro de la nueva majestad reaparece en la pantalla segundos antes de caer muerta sobre la alfombra roja. Un hilillo de sangre decora sus labios rosa.
      Lucía grita de horror y con ello Hipólito siente que su mujer ha rebasado la plenitud de su decoro, sin embargo sus fluidos se precipitan y corren hacia el interior de Lucía que tiene los ojos despejados y francos.
      Cortan a comerciales pues hay una reina muerta y al regreso –la televisión nunca se estanca- es La Innombrable quien ostenta la corona de pedrería artera y fría y despliega la pantalla completa con su rostro impávido e inmaculado.
      -“Pueblo de mi corazón”- dice, y exclama luego una oración sentida que Lucía no puede escuchar pero que se clava para siempre en la imaginación de sus vecinos, de sus amigos y desconocidos, que aviva la devoción de los incrédulos, de los habitantes de bares, de los niños de pecho y los desamparados, de los ricos y los pobres y los maleantes como Pulgarcito y Mierdamuerta y la esperanza toda cunde el país.
      Lucía supo de inmediato que aquella no era una buena mujer y trató de impedir, sin éxito, que su marido viera las últimas estampas de la beata coronada. Planeó en su mente vengarse y buscar a los dos hombres y a la impostora, aunque sólo fuera para robarles a los tres la infausta corona. Meditaba cada noche los detalles de su pequeña revancha hasta que los pormenores estuvieron a punto.
      Hipólito, en cambio, al contemplar la historia en la pantalla, se resignó a un estado de ínfima cordura, de lunático indefenso, que le persiguió por años y desde entonces le dio por hacerse llamar como el personaje de un relato fantástico, Coronel Aureliano, a sus gratas órdenes...

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3 comentarios:

  1. Anna, estoy feliz con las lecturas que tiene tu blog, en realidad con los textos que has ido subiendo, me encanta Calvino, Rulfo, Marquéz, y los grandes... tú me entiendes cuando digo los grandes... esos que tienen el poder de llevarnos sin freno por sus mundos, a su antojo... es hermoso lo que haces y vienes haciendo... te aprecio mucho. Te envío un abrazo grande amiga mía.

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  2. Gabriel, me alegra mucho subir hoy este cuento de mi gran amiga Sonia Chocrón a FB, y al fin percatarme del lujo de comentario que me has dejado casi 2 años atrás... Muchas gracias, espero hacer tiempo para continuar nutriendo el blog como se merece. Un fuerte abrazo, querido amigo!

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  3. Mi amiga querida, Anna, gracias por tenerme aqui. Gracias por tu generosidad. Te abrazo largo.
    S. Ch.

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