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domingo, 26 de abril de 2015

La bañera, Andrés Neuman



Mi abuelo se quitaba prenda tras prenda hasta quedar desnudo. Se miraba el cuerpo enfermo, flaco y sin embargo erguido. El espejo del cuarto de baño había ido oscureciéndose con él a lo largo de los años: ahora le quedaba una insegura pátina salpicada de puntos, y una bombilla de cuarenta vatios encima. Mi abuelo dobló con cuidado su ropa. La dejó encima de la tapa del retrete. Se detuvo un momento con las pantuflas de lana colgando de dos dedos, y decidió sacarlas al pasillo. Entonces trabó por dentro la puerta. No hacía frío. Desnudo se sintió mucho más cómodo. Después le dio vergüenza y abrió los grifos. Los azulejos empezaron a empañarse. Mi abuelo introdujo una mano en el agua y la removió. Reguló varias veces la temperatura. Se sentó en el borde de la bañera a esperar. Los chorros dejaron de agitar la superficie. El agua pasó de turbia a transparente. Con lentitud, mi abuelo metió un pie y después el otro, buscó un contacto tibio con las nalgas. Quedó sentado en el agua con las rodillas flexionadas y los brazos rodeándole las piernas. Suspiró. Acudían a su memoria episodios remotos: un niño en pantalones cortos sobre una bicicleta, repartiendo el pan; una señora obesa, postrada en un camastro, dándole instrucciones y exigiendo el desayuno; un señor alto y rubio, vagamente extranjero, acariciándole la cabeza en un muelle del puerto; un gigantesco buque rojo y blanco y negro alejándose de su vista; el campo verde, abierto, una casa sin chimenea; la pequeña biblioteca que un muchacho erguido consultaba de noche, entre los gritos de la señora obesa; un funeral desierto, un ataúd enorme; una casa distinta, con más luz, una hermosa joven sonriéndole; un niño en pantalones cortos, sobre una bicicleta, que jamás necesitaría repartir el pan al amanecer; otra niña estudiando en la cocina; una fábrica, decenas de sombras sin nombre y unos pocos rostros amables; un muchacho y una muchacha, sin bicicletas ya, sin cuadernos; una boda; otra boda; una casa vacía, menos luz; una voz compañera, tranquilizadora; los paseos idénticos de idénticas mañanas; una paz agridulce; el consultorio de una clínica; un médico diciendo disparates; una anciana saliendo a hacer la compra; un sobre rectangular escrito a mano, en tinta azul, sobre la mesa de la sala; un anciano desnudo, hecho un ovillo, rodeado de agua quieta. Nada se oía, salvo el leve goteo de uno de los grifos. Gota a gota contó hasta diez, hasta veinte, treinta, contó cincuenta, llegó a cien gotas. Deshizo el nudo de los brazos y, tomándose la cabeza, se reclinó hacia atrás hasta tocar con la espalda el mármol del fondo. Bajo el agua, entre reflejos turbios, mi abuelo apretó bien los labios para que no se le escapase el aire y se obligó a permanecer inmóvil. Pero entonces sucedió al imprevisto, algo que he imaginado: súbitamente, mi abuelo se incorporó con energía y empezó a jadear. Tenía la cara descompuesta, los ojos inflamados y el cabello hecho una medusa, pero aún respiraba. A su mente, esta vez, no acudió ninguna imagen. Estaba a solas con el agua, con los grifos, con los azulejos, con la bañera, con el vapor el espejo, con su cuerpo desnudo. Sé que en ese momento, jadeante y solo, mi abuelo debió de esbozar una media sonrisa obtener un último bienestar. Entonces sí, apretó de nuevo los labios y los párpados, se reclinó de espaldas hasta sentir el mármol y mi abuelo dejó de ser mi abuelo.  

En la Web Oficial del escritor Andrés Neuman

Las cosas que no hacemos, Andrés Neuman

   
Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos alcanzase. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.


En "Hacerse el muerto", Páginas de Espuma, Madrid, 2011.