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miércoles, 20 de abril de 2011

La palabra, Jorge Majfud



Con creciente nerviosismo hacía figuras triangulares doblando el papelito donde decía
22A. Trataba de pensar en las ventajas de la A o de la K sobre las letras intermedias. Estaba seguro que iba a pronunciar la palabra apenas se enfrentase con la mujer de la puerta H.

Esta certeza absurda lo había asustado tanto que sin mirar a ningún lado dio un paso y se salió de la fila. Fingió un malestar. Tomó su maleta y se dirigió al baño. Hizo varios movimientos sospechosos: tomó por un pasillo lleno de gente que se dirigía en dirección contraria; debió forcejear con diez o veinte personas que no advirtieron que alguien iba a contramano. Todos olían a perfume, a limpio. Los hombres llevaban trajes negros y azules. Hasta los homofóbicos llevaban medias y corbatas rosas, porque estaban de moda. Predominaban los perfumes dulces. Alguno, incluso, olía a sandía, pero sin el pegote que produce el azúcar de la sandía secada en la mano. Al menos cinco mujeres llevaban joyas auténticas, con predominancia del oro blanco. Todas se parecían. Todas debían ser hermosas, según los enormes anuncios de belleza de las vidrieras de los free shops. Labios carnosos de una boca que podría abrirse y tragar a una persona. Ojos gigantes de párpados sin arrugas.

Aunque había nacido allí, aunque había vivido cuarenta años allí, 22A se sentía extranjero, o algo le llamaba la atención. Estaba perturbado por ofender la rigurosa rutina; últimamente no había cumplido con los servicios habituales de los domingos; una reciente experiencia en la montaña —estuvo una semana sin conexión, alejado por un accidente climático de todos los índices que más ama— lo había mantenido bajo una leve pero sospechosa fiebre. Su nuevo estado se revelaba con enigmáticas frases, quizás pensamientos. “Un día para Dios —le decía a un amigo de la bolsa—; seis días para el Dinero”.

Tomó por otro pasillo sólo por salvarse de la corriente que lo arrastraba en un esfuerzo comprometedor. Aunque no sabía hacia dónde estaba la batería de baños que había usado media hora antes, caminó simulando seguridad. Después de varios cambios de dirección que debieron percibir las cámaras ocultas en oscuras esferas de navidad, dio con unos baños.

Entró en un gabinete arrastrando el carrito de su maleta y se forzó a orinar. Pero no tenía nada para hacer y temió que del ducto de aire lo estuviesen vigilando. Un agujero negro no revelaba la presencia de ningún ojo de vidrio. Ni su ausencia tampoco.

Los diálogos obscenos de los años sesenta que durante años fueron borrados por la rigurosa higiene moral en curso, comenzaban a regresar de una forma más digna. Con letras impresas de impecable color rojo, la empresa W quería recordarle al feliz orinante que el mundo estaba en peligro y necesitaba de su colaboración. Enfrente, en la puerta, otra leyenda prevenía al defecante de turno de los engaños de toda forma de alivio y de la necesidad de una permanente alerta máxima.

Guardó el pene con pudor y salió, absurdamente nervioso. ¿Qué diría si alguien lo detenía y lo interrogaba? ¿Por qué estaba nervioso? Si no tuviese nada para ocultar no tendría motivos para esa palidez en el rostro, para ese sudor revelador en las manos.

Mientras se lavaba las manos pudo verlo. Esta vez sí, había una pequeña cámara. O fingía ser una cámara, no importa. Como esas semiesferas que cuelgan en las grandes tiendas. De diez, tal vez una tenga una cámara que vigila. Lo importante no es que exista o no, sino que nadie pueda afirmar con certeza si existe o no. Una especie de agnosticismo de la mirada ajena era el mejor freno a los instintos más bajos. Vigilancia que nadie podría acusar como violación de privacidad, porque todos aquellos eran lugares públicos, incluido el sector del baño donde la gente se lava las manos. Las cámaras (o la sospecha de las cámaras) estaban ahí para seguridad de la misma gente. De hecho nadie estaba en contra de este sistema, sino todo lo contrario. Habría que imaginar qué terrible sería si no existiesen esos puntos de control. Quienes de vez en cuando se atrevían a imaginarlo se horrorizaban o escribían voluminosas novelas que se vendían como pan caliente.

Por alguna razón, 22A comprendió que ir al baño y no poder orinar no podría ser nada extraordinario. Menos sospechoso. Esta idea lo calmó. Tocándose el estómago, luego la cabeza, tratando de pensar qué podía haberle hecho mal, salió de nuevo en dirección a la puerta H.

—El monstruo debe morir. ¿Qué opina usted?

— ¿Cuál monstruo?

— ¿Cuál más? Barbasucia.

—Oh, cierto, Barbasucia, el monstruo…

— ¿Duda de que es un monstruo?

— ¿Yo? No, no dudo. Es un monstruo.

—Entonces, ¿por qué pregunta cuál monstruo? ¿Estaba pensando en Barbavieja?

—Bueno, no. No precisamente.

—Qué otro monstruo podría merecer ser juzgado en un tribunal como el que juzgó a Barbasucia? ¿Puede explicárselo a la audiencia de Tú Noticias Show?

—Bueno, no sé…

—Pero duda.

—Sí, claro, dudo. Dudo firmemente.

—Increíble. ¿En quién está pensando?

—No puedo decirlo.

— ¿Cómo que no puede? ¿No vivimos en un mundo libre, acaso?

—Yes, Sir. Vivimos en un mundo libre.

—Entonces diga lo que está pensando.

—No puedo.

— ¿Acaso no es libre de decir que Barbasucia y Barbavieja son dos monstruos?

—Sí, señor, soy libre de decirlo y de repetirlo.

— ¿Entonces?

— ¿Soy libre de decir todo lo que pienso?

—Por supuesto. ¿Por qué lo duda?

—Cualquier cosa que diga podría ser usado en mi contra. Es mejor ser una buena persona.

—Claro, libertad y libertinaje no son lo mismo.

—Yes, Sir.

— ¿Me va a decir lo que estaba pensando?

—Yes, sir.

— ¿Estaba pensando que gracias a Dios los dictadores son juzgados por la justicia?

—Sí, señor. Siempre he pensado que todos los dictadores deberían ser juzgados. Me apena un poco que algunos se escapen siempre.

—Excelente. El problema es que no vivimos en un mundo perfecto. Pero sus palabras son muy valientes. Claro que semejante acto de rebeldía no hubiera sido posible bajo una dictadura monstruosa como la de Barbasucia o la de Barbavieja.

—Sí, señor.

— ¿Se da cuenta que puede decirlo libremente?

—Sí, señor.

— ¿Alguien lo está torturando para decir lo que no quiere decir?

—Señor, no señor.

— ¿Comprende, entonces, el valor de la libertad?

—Sí, señor.

—Excelente. Volvemos a estudios y seguimos con Tú Noticias Show, donde Tú eres la estrella protagónica. ¿Me escucha Rene? ¿Aló me escuchan?

Pero no se puso en la fila que estaba esperando para ingresar. Quiso saber si estaba seguro de sí mismo. Por un instante se sintió mejor, ya no tenía los síntomas del pánico. Pero todavía no había alcanzado la certeza de que aunque lo obligaran, no iba a pronunciar la palabra. Sabía que bastaban fracciones de segundo para pronunciarla. Fracciones que habían sido fatales para mucha gente que, ignorantes del peligro, ignorantes de las consecuencias de sus actos, se habían atrevido a usarla en broma. Sabía del caso de un senador extranjero que había entrado en una tienda para comprar una pluma. Cuando pasó por la caja la empleada le preguntó qué era aquello. ¿Para qué diablos preguntó eso? ¿No sabía que una pluma se usa habitualmente para escribir? Aún si la pluma tenía otras funciones, por ejemplo, sexuales o para servirse el pan en el desayuno, ¿qué le importaba a ella para qué quería ese objeto diminuto que se vendía en su propio negocio? Es decir, en el negocio de alguien que ella no conocía pero para el cual trabajaba día tras día bajo de aquellas luces que no permitían saber si era de día o de noche, como en los gallineros industrializados donde las buenas ponedoras no ven nunca la luz variable del sol.

Una pluma señorita. Eso debió responder el senador. Pero no, el muy torpe dijo la palabra, como si la ironía fuese reconocida por la ley. Qué tonto; la ironía sólo es reconocida por la inteligencia. Si aquello fuese aquello el senador no lo hubiese dicho. Lo dijo porque aquello no era aquello y decirlo debía ser gracioso, como cuando los surrealistas ponían en un museo una pipa y de título Esto no es una pipa.

El senador tuvo suerte porque era senador. Su país pagó una fortuna y lo dejaron libre después de varios días de cárcel. Un pobre diablo quién sabe qué. Un pobre diablo tiene que cuidarse mucho de no decir la mala palabra y, además, no parecer que está a punto de decirla.

Apenas llegó a este punto se dio cuenta que decirla era cuestión de una leve distracción. De una leve traición, de esas que un hombre o una mujer enferma suele ejercer contra su misma integridad física, arrojándose de un balcón sin razones o estampándole un beso a la mujer más puritana del continente, que al mismo tiempo es la jefa de quien depende el trabajo y la vida de un pobre diablo, un diablo enfermo.

Se puso de pié casi con rebeldía. Se puso de pié sin pensarlo. De repente se descubrió de pié, rodeado de gente que sin detener su marcha apurada lo miraba como si estuviese rayado. Comenzaba a parecer sospechoso, ahora ya no solo sospechoso para sí mismo sino para el resto de la gente. Se dio cuenta de que lejos de favorecerlo la prórroga y la meditación le estaban haciendo mal. En malas, en pésimas condiciones llegaría a la mujer de la puerta H. Se enfrentaría a la menos linda de todas las funcionarias y le diría la palabra. Cuanto más pensara más probabilidades tendría. ¿No había estado pensando en ir a la puerta H cuando de repente se vio a sí mismo parado, de un salto, al lado de su maleta gris y de las demás personas que lo veían pasar?

De repente, sin recordar los pasos anteriores, se encontró frente a la mujer de la puerta H que le preguntaba:

— ¿Algo para declarar?

A lo que respondió con un silencio que sospechosamente se iba alargando.

La mujer de la puerta H lo miró y miró al guardia. El guardia se acercó sacando un transmisor de la cintura. Enseguida aparecieron dos más.

La mujer repitió la pregunta anterior.

— ¿Algo para declarar?

—Paz —dijo.

Los guardias lo tomaron de los brazos. Sintió que unas pinzas hidráulicas le cortaban los músculos y finalmente le partían los huesos.

— ¡Paz! —gritó esta vez— un poco de Paz, sí, eso es, Paz! ¡Paz, carajo! ¡Paz, la concha de tu madre!

Los guardias lo inmovilizaron con una dosis eléctrica de alto amperaje.

Fue acusado ante tribunales de atentar contra la seguridad pública y más tarde condenado por haber ocultado a tiempo la palabra con la palabra Paz, que también es peligrosa en estos tiempos especiales. La defensa apeló el fallo recurriendo a alteraciones psiquiátricas, producto de su traumática experiencia reciente en la montaña.

miércoles, 7 de julio de 2010

Todo el peso de la ley, Jorge Majfud



En la mañana del 27 de julio, los diarios y la televisión dieron la noticia de un raro crimen cometido en Sayago. Dos indigentes habían dado muerte a un tercero, posiblemente en la noche del día anterior. Aunque sin llegar a inquietar, a muchos sorprendió la noticia. Lo razonable, y lo que más se costumbra, es matar por dinero, por orgullo o por alguna pasión familiar. Y nada de estas cosas podía tener un semihombre que vivía en los basurales de la ciudad.

Nunca se supo exactamente el motivo de la golpiza; y ya nadie quiso saber más cuando el juez dio a los asesinos diez años de prisión. Pero yo, el juez, nunca olvidé del todo el caso y algunos años después visité a los reos en la cárcel. Lo hice casi en secreto, como todo, porque la gente gustaba decir que yo tenía preferencia por los criminales y no por las víctimas. Ahora, si debiera dictar sentencia de nuevo, les daría otros diez años de cárcel; no por justicia, sino por compasión. Creo que podré explicarme.

El indigente muerto era el doctor Enríquez, el que había llevado esa vida sin casa durante los últimos seis meses. Eusebio Enríquez era médico cirujano y había perdido a su hija mayor en una sala de operaciones, el 24 de enero, donde él mismo pretendía aliviarla de una enfermedad incurable. El cirujano no tenía razones para culparse de la muerte de su hija, pero las razones de nada importaron porque, súbitamente, enloqueció y una noche se fue de su casa. Atravesó la ciudad bajo una lluvia de enero y se abandonó al costado de las vías del ferrocarril, en Sayago. Se dejó crecer la barba, ensució y destiñó la ropa; adelgazó rápidamente y su rostro se fue haciendo más oscuro y más hundido, lo que le dio una apariencia desconocida de sannyasin hindú. Se hizo tan al margen de la sociedad que dejó de existir para el gobierno y para la sociedad; y por eso nunca pudieron encontrarlo. Al poco tiempo conoció a Facundo y Barbarroja, los dos hombres que más tarde le darían muerte a golpes de fierro.

Ni Facundo ni Barbarroja eran criminales, pero la gente les tenía miedo o, mejor dicho, huía de ellos, como si la pobreza fuera contagiosa. Mientras hubo gente que creía en Dios o en el Infierno hubo limosnas. Pero, de a poco, la buena conciencia y el impuesto a la mala fueron decreciendo y estos miserables pasaron a integrar el inconsciente nacional, la vergüenza disimulada de una economía próspera o pretenciosa.

Los dos hombres llevaban una vida casi nómada. Habitaban todos o cualquiera de los rincones de la antigua estación de ferrocarril, evitando siempre que el guardia los descubriese durmiendo en algún vagón abandonado o en el depósito de fierros donde se refugiaban los días de lluvia. "Este lugar es triste -se decía Enríquez-; lo bueno es que ellos no lo saben".

Pero, repito, ninguno de los dos era capaz de matar un pájaro. También es verdad que durante esos seis meses de convivencia Enríquez les dirigió la palabra una sola vez. Con todo, los mendigos no le guardaron rencor. Sabían que era un pobre loco que alguna vez había vivido como la gente común, que
habría tenido una casa y un auto y hasta una familia, porque lo habían visto huir de una mujer elegante y con ropa limpia. Habían aprendido a convivir con él como una familia que tiene un integrante mudo o
minusválido. Alguna vez, cuando el frío fue intolerable y las mandíbulas comenzaron a temblar, le arrimaron una lata con yuyos hirviendo. Y él no la rechazó.

Pero ese invierno fue de los peores que recordaran los mendigos. Las temperaturas caían por debajo del cero; los charcos amanecían congelados y el pasto blanco con la escarcha. Era cada vez más difícil, sino imposible, conseguir botellas de vidrio y mucho menos venderlas. Porque la gente se alejaba de aquellos hombres que cada año empeoraban sus barbas y sus ropas. Y así, de a poco, fueron perdiendo el poco contacto oral que los unía al mundo.

Barbarroja enfermó de hambre y Facundo comenzó a quejarse toda la noche del reuma o de alguna otra cosa indescifrable. Las enfermedades y los sufrimientos se fueron sumando hasta confundirse en un único infierno. Sin embargo, los dos mendigos seguían esperando la primavera y el calor del verano que cada día parecía más lejano. Enríquez lo sabía. Sabía que ese podía ser el último invierno de sus acompañantes: tenían los pies hinchados y de color morado, las caras pálidas y hundidas, las manos inútiles. Sólo los ayudaba un optimismo deprimente, según él.

Una mañana Enríquez abrió su boca para leerles la sentencia de muerte. Ese día fue la única vez que hablaron los tres y hablaron durante horas. Facundo y Barbarroja se enteraron de quién era el loco y casi confirmaron lo que habían imaginado. En realidad el loco era o había sido un hombre rico. Un pequeño burgués, para sus conocidos, pero un hombre rico para aquellos marginados. 

La conversación terminó por una propuesta del loco.

-Vendrá más frío -les dijo- y ustedes morirán. Ya no tienen defensas y sus cuerpos agonizan. El sufrimiento les durará hasta setiembre. O en el peor de los casos hasta octubre. Pero morirán. Y si tienen suerte de sobrevivir este año, morirán el año próximo, después de haber sufrido el doble de lo
que sufrirán este invierno. Pero ustedes son tan pobres que ni siquiera tienen ideas. No sabrán cómo salir de este infierno. Ni siquiera de la forma más fácil. Ustedes son tan pobres que ni siquiera han pensado en ir a la cárcel donde los reos disfrutan de una cama con cobijas y con techo y donde comen casi todos los días. Ustedes son tan pobres que ni siquiera tendrán fuerzas para robar un mercado, porque si lo intentan los sacarán a las patadas y terminarán con la frente sangrando contra el pavimento. Y si los encarcelan por hurto los devolverán a la calle a los dos días, porque las cárceles están llenas y porque hasta el juez se compadecerá de dos miserables con hambre. Pero como yo soy médico, les voy a decir qué deben hacer para salvarse. 

Los mendigos se miraron en consulta. No sabían bien qué pensar. Hasta comenzaban a dudar de la historia que les había contado al principio, de su familia y su vida anterior.

-Para ir a la cárcel, por muchos años, tienen que matarme. No me miren así como idiotas. Disimulen esa estupidez honesta que llevan hediendo en sus ropas.

Facundo y Barbarroja supieron o imaginaron que ese día el loco estaba peor que nunca. Pero seguía insistiendo, con fanático realismo, sobre la conveniencia de sacrificar a uno de los tres.

-Dios nos castigará -dijo Barbarroja.

-Dios ya los ha castigado. ¿Acaso imaginan un Infierno peor que éste? ¿Ven lo que les digo? Ustedes son tan pobres que no tienen ideas. Ya no razonan. ¿Tengo que venir yo para decirles lo que deben hacer? Además, ¿por qué habría Dios de castigar a alguien que mata a un asesino? La Biblia dice "ojo por ojo y diente por diente". Yo maté a una niña, a mi propia hija. ¿Tienen compasión de mí?

Los mendigos se levantaron y se retiraron temerosos. El loco comenzaba a asustarlos de verdad. Pasó un tiempo, una semana o dos, y no volvieron a hablar. Ni siquiera se le acercaban y hasta evitaban mirarlo. El día 24 llovió intensamente. Facundo y Barbarroja se mudaron al galpón abandonado de la estación. Como dije antes, sólo iban allí los días de lluvia, porque el guardia los fastidiaba si los encontraba adentro. Por otra parte, creo que preferían el vagón sin techo, porque era más discreto y no los molestaba el vacío negro de la altura de aquel depósito. (A pesar de que vivían en la calle, descubrí que ambos sufrían de una forma rara de agorafobia).

Ese día el loco no entró al galpón. Permaneció bajo la lluvia toda la noche, como un fantasma con las manos en los bolsillos y mirando a veces al cielo que lo dibujaba con sus relámpagos y lo borraba con la lluvia oscura. 

El día 25, el loco, agotado por el hambre, por el frío y por las pocas ganas de vivir, cayó inconsciente. El día 26 los mendigos se decidieron a llevarle una lata con yuyos hervidos, pero ya no reaccionaba. Su mirada estaba perdida y apenas podía mover los párpados. La piel estaba blanca y fría, no había reacción ni sensibilidad de ningún tipo. Facundo apoyó su oído en el pecho del loco y comprobó que casi no latía. Durante toda la noche de ese día, los dos hombres estuvieron controlando en silencio los
casi imperceptibles golpes que daba el corazón del loco. Lo esperaron o lo cuidaron con miedo y ansiedad. Barbarroja comenzó a temblar como nunca antes, encogido de hombros y sin poder controlar los labios que parecían recitar un discurso sin voz.

El día 27 el corazón del loco ya no se oía, y por la noche lo creyeron muerto. Pero no lo estaba. Por lo tanto, la conclusión del forense fue correcta: Eusebio Enríquez no murió de frío ni de hambre; fue asesinado a golpes por dos mendigos que reconocieron el delito y se salvaron de un seguro linchamiento a la salida del juzgado, porque la policía los arrastró hasta una camioneta donde fueron depositados como basura.