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domingo, 15 de agosto de 2010

Amor a la vida, Jack London




                                                                            Sólo esto, de todo, quedará.
                                                                            Arrojaron los dados, y vivieron.
                                                                            Parte de lo que juegan, ganarán
                                                                            Pero el oro del dado lo perdieron.


Los dos hombres descendían el repecho de la ribera del río cojeando penosamente, y en una ocasión el que iba a la cabeza se tambaleó sobre las abruptas rocas. Estaban débiles y fatigados y en su rostro se leía la paciencia que nace de una larga serie de penalidades. Iban cargados con pesados fardos de mantas atados con correajes a los hombros y que contribuían a sostener las tiras de cuero que les atravesaban la frente. Los dos llevaban rifle. Caminaban encorvados, con los hombros hacia delante, la cabeza más destacada todavía, y la vista clavada en el suelo.

-Ojalá tuviéramos aquí dos de esos cartuchos que hay en el escondrijo -dijo el segundo.

Hablaba con voz monótona y totalmente carente de expresión. Su tono no revelaba el menor entusiasmo y el que abría la marcha, cojeando y chapoteando en la corriente lechosa que espumeaba sobre las rocas, no se dignó responder. El otro lo seguía pegado a sus talones. No se detuvieron a quitarse los mocasines ni los calcetines, aunque el agua estaba tan fría como el hielo, tan fría que lastimaba los tobillos y entumecía los pies. En algunos lugares batía con fuerza contra sus rodillas y les hacía tambalearse hasta que conseguían recuperar el equilibrio.

El que marchaba en segundo lugar resbaló sobre una piedra pulida y estuvo a punto de caer, pero logró evitarlo con un violento esfuerzo, mientras profería una aguda exclamación de dolor. Se le veía cansado y mareado, y mientras se tambaleaba extendió la mano que tenía libre en el vacío como buscando apoyo en el aire. Cuando se enderezó dio un paso al frente, pero resbaló de nuevo y casi cayó al suelo. Luego se quedó inmóvil, y miró a su compañero, que ni siquiera había vuelto la cabeza. Permaneció clavado en el suelo un minuto entero, como debatiéndose consigo mismo. Luego gritó:

-¡Bill, me he dislocado el tobillo!

Bill continuó avanzando a trompicones en el agua lechosa. No se volvió. El hombre lo vio alejarse con su habitual carencia de expresión, pero su mirada era la de un ciervo herido.

Su compañero ascendió cojeando la ribera opuesta del río y siguió su camino sin mirar atrás. El hombre lo contemplaba con los pies hundidos en la corriente. Sus labios y el tupido bigote castaño que los cubría temblaban visiblemente. Se humedeció los labios con la lengua.

-¡Bill! -llamó.

Era aquella la súplica de un hombre fuerte en peligro, pero Bill no se volvió. Su compañero lo vio alejarse cojeando grotescamente y subiendo con paso inseguro la suave pendiente que ascendía hacia el horizonte que formaba el perfil de una pequeña colina. Lo vio alejarse hasta que atravesó la cima y desapareció. Luego volvió la vista y miró lentamente en torno suyo al círculo de mundo que, al haberse ido Bill, era exclusivamente suyo.

Cerca del horizonte el sol ardía débilmente, casi oscurecido por la neblina y los vapores informes que daban la impresión de una densidad y una masa sin perfil ni tangibilidad. El hombre descansó el peso de su cuerpo sobre una sola pierna y sacó su reloj. Eran las cuatro en punto y por ser aquellos días los últimos de julio o los primeros de agosto (no sabía con exactitud qué fecha era, pero podía calcularla dentro de un margen de error de unas dos semanas), el sol tenía que apuntar más o menos hacia el noroeste. Miró hacia el sur. Sabía que en algún lugar, a espaldas de aquellas colinas desoladas, se hallaba el Lago del Gran Oso; sabía también que en esa dirección el Círculo Polar Ártico trazaba su temible camino entre los yermos canadienses. El riachuelo en que se hallaba era un afluente del Río de la Mina de Cobre que a su vez fluía hacia el norte e iba a desembocar en el Golfo de la Coronación y en el Océano Ártico. No conocía aquellos lugares, pero los había visto marcados una vez en una carta de navegación de la Compañía de la Bahía de Hudson.

De nuevo recorrió con la mirada el circulo de mundo que tenía en torno a él. No era un espectáculo alentador. Por todas partes lo rodeaba un horizonte blando y suavemente curvado. Las colinas eran bajas. No había ni árboles, ni arbustos, ni hierba... nada sino una desolación tremenda y aterradora que atrajo inmediatamente el miedo a sus ojos.

-¡Bill! -susurró una y dos veces- ¡Bill!

Se agazapó en medio del agua lechosa como si la vastedad del paisaje ejerciera sobre él una fuerza avasalladora y lo aplastara brutalmente, consciente del horror que provocaba. Comenzó a temblar como un palúdico, hasta que la escopeta se le deslizó de entre las manos y cayó al agua salpicándolo. Aquello lo despertó. Luchó con el miedo, se dominó, y buscó a tientas bajo el agua hasta recuperar el arma. Corrió un poco el fardo hacia el hombro izquierdo, con el fin de liberar del peso a su tobillo dislocado. Luego, encogiéndose de dolor, avanzó lenta y cautelosamente hasta la orilla.

No se detuvo. Con una desesperación que rayaba en la locura, sin hacer caso del dolor, subió presuroso la pendiente hasta alcanzar la cima de la colina tras de la cual había desaparecido su compañero. Sólo que su andar era aún más grotesco y cómico que la cojera vacilante del que lo había precedido. Al llegar a la cresta, lo que se ofreció a su vista fue un valle somero totalmente desprovisto de vida. Luchó de nuevo contra el miedo, lo dominó, corrió el fardo aún más hacia el hombro izquierdo y bajó a trompicones la pendiente.

El fondo del valle estaba encharcado de un agua que el espeso musgo mantenía, a modo de esponja, sobre la superficie. Con cada paso saltaban pequeños chorros, y cada vez que levantaba un pie la acción culminaba en sonido de succión, como si el musgo se resistiera a soltar su presa. Avanzó de pantano en pantano, siguiendo las huellas de su compañero a lo largo y a través de las abruptas hileras de rocas que emergían como islotes en un mar de musgo.

Aunque estaba solo no estaba perdido. Sabía que más adelante llegaría allí donde unos cuantos abetos y unos pinos pequeños y marchitos bordeaban la orilla de una laguna, el lugar que los indígenas llamaban el titchinnichilie o «tierra de los palitos». Y en aquella laguna desembocaba un riachuelo de agua clara. En las riberas del riachuelo (lo recordaba bien), había juncos pero no árboles. Lo seguiría hasta ver brotar el primer hilillo de agua en una divisoria de cuencas, atravesaría esa divisoria hasta dar con el primer hilillo de agua de otra corriente que fluía hacia el oeste, y seguiría ésta hasta su desembocadura en el río Dease. Allí tenían él y su compañero provisiones y vituallas ocultas bajo una canoa invertida y cubierta de piedras. En aquel escondrijo hallaría munición para su escopeta vacía, anzuelos y cañas, una pequeña red..., todo lo necesario para poder cazar y conseguir alimento. También allí encontraría harina (no mucha), un pedazo de tocineta y frijoles.

Bill estaría esperándolo y juntos remarían Dease abajo basta llegar al Lago del Gran Oso. Y hacia el sur seguirían, siempre hacia el sur, hasta llegar al Mackenzie. Hacia el sur, siempre hacia el sur, y el invierno correría vanamente tras ellos, y el hielo se formaría en los remolinos, y los días se harían fríos y transparentes... Siempre hacia el sur, hacia alguna factoría de la Compañía de la Bahía de Hudson, allá donde la temperatura era templada y los árboles crecían altos y generosos y había alimentos sin fin.

Así pensaba el hombre mientras adelantaba en su camino. Y del mismo modo que trabajaba con el cuerpo trabajaba también con la mente, tratando de convencerse de que Bill no lo había abandonado, de que sin duda alguna lo esperaría junto al escondrijo. O lograba convencerse de ello o de lo contrario le sería inútil seguir adelante y más le valdría tenderse en el suelo a esperar a la muerte. Y mientras la bola opaca del sol se hundía lentamente por el noroeste, estudió con la imaginación (y repetidas veces) cada pulgada de terreno que él y Bill recorrerían en su huida hacia el sur, antes de que el invierno se cerniera sobre ellos. Y una y otra vez vio ante sus ojos las provisiones ocultas en el escondrijo y las que hallarían en la factoría. Hacía dos días que no probaba alimento y muchos que no comía tanto como hubiera deseado. De vez en cuando se detenía y recogía pálidas «bayas de pantano» que se metía en la boca, masticaba y tragaba. Una «baya de pantano» es una semilla diminuta envuelta en una gota de agua. En la boca el agua se disuelve y la semilla cobra un sabor punzante y amargo. El hombre sabía que aquellas semillas no proporcionaban alimento alguno, pero las masticaba pacientemente con una esperanza que vencía al conocimiento y desafiaba a la experiencia.

A las nueve en punto tropezó con un saliente rocoso y por simple debilidad y cansancio se tambaleó y cayó. Permaneció inmóvil en el suelo durante algún tiempo, tendido sobre un costado. Luego se desembarazó de los correajes y consiguió sentarse arrastrándose torpemente. No había oscurecido todavía y a la luz del largo crepúsculo buscó entre las rocas briznas de musgo seco. Una vez que hubo acumulado un montón de ellas hizo una hoguera, una hoguera sucia y sin llama, y sobre ella puso a hervir una ollita de agua.

Desató el fardo y lo primero que hizo fue contar los fósforos. Tenía treinta y siete. Los contó tres veces para asegurarse. Los dividió en tres montones, los envolvió en papel encerado y colocó un paquete en la bolsa de tabaco vacía, otro bajo la cinta de su raído sombrero y el tercero se lo metió bajo la camisa en contacto con su pecho. Hecho esto le invadió el pánico, desenvolvió los fósforos y volvió a contarlos. Seguía habiendo treinta y siete.

Secó los mocasines al calor del fuego. No eran ya sino jirones empapados. Los calcetines de lana estaban agujereados en varios lugares, y los pies, en carne viva, le sangraban. Sentía fuertes punzadas en el tobillo y decidió examinarlo. Se le había hinchado hasta alcanzar el volumen de la rodilla. De una de las dos mantas que tenía rasgó una tira de lana y con ella se vendó fuertemente el tobillo. Luego hizo dos tiras más y se envolvió con ellas los pies, pensando que le servirían a la vez de mocasines y de calcetines. Hecho esto se bebió el agua humeante, dio cuerda al reloj y se introdujo, a gatas, entre las mantas.

Durmió como un tronco. La breve oscuridad que sobrevenía alrededor de la media noche llegó y pasó. El sol se levantó por el noreste, o mejor sería decir que amaneció por aquel cuadrante, porque el sol estaba oculto por espesas nubes grises.

A las seis en punto se despertó y permaneció echado en silencio boca arriba. Miró directamente al cielo grisáceo y adquirió conciencia del hambre que lo acuciaba. Mientras se volvía de un lado apoyándose en un codo, lo sorprendió oír un gruñido y vio a un caribú macho que lo miraba con curiosidad. El animal se hallaba a unos cincuenta pies de distancia, y por la mente del hombre cruzó instantáneamente la visión de un buen trozo de caribú crepitando y asándose al fuego. Mecánicamente alargó la mano hacia el rifle vacío, apuntó y apretó el gatillo. El caribú gruñó y escapó dando un salto. Sus pezuñas chocaban y tamborileaban contra las rocas en su huida. El hombre profirió una maldición y arrojó al suelo su rifle vacío. Mientras pugnaba por ponerse en pie se quejó en voz alta. Fue aquella una tarea lenta y ardua. Sus articulaciones eran como goznes mohosos que rozaran contra los casquillos, provocando una enorme fricción. Cada movimiento, cada giro, obedecía a un esfuerzo supremo de su voluntad. Cuando al fin logró ponerse en pie tardó un minuto más en alcanzar la posición erecta que corresponde al ser humano.

Trepó a una pequeña eminencia y estudió el panorama. No había árboles ni arbustos; nada sino un océano gris de musgo apenas salpicado de rocas grises, lagunas grises y arroyuelos grises. El cielo era gris. No había ni sol ni el más leve indicio de su existencia. No tenía idea de dónde se hallaba el norte, y había olvidado por qué camino había llegado hasta allí la noche anterior. Pero no se había perdido. De esto estaba seguro. Pronto llegaría a «la tierra de los palitos»: Intuía que ese lugar se hallaba hacia la izquierda, no muy lejos..., quizá al otro lado de la próxima colina.

Volvió a liar el fardo para el viaje. Se aseguró de que aún tenía en su poder los tres paquetes de fósforos, aunque esta vez no se entretuvo en contarlos. Pero sí se detuvo dudoso a la vista de una bolsa rechoncha de piel de gacela. Se trataba de un saquito de reducidas dimensiones. Podía taparlo con las dos manos, pero sabía que pesaba unas quince libras (tanto como el resto del fardo), y eso le preocupaba. Al fin lo dejó a un lado y comenzó a liar el fardo. Se detuvo de nuevo a contemplar el saco de piel de gacela. Lo recogió con aire desafiante, como si aquella desolación tratara de arrebatárselo, y cuando se levantó para adentrarse en el día con paso vacilante, lo llevaba cargado a la espalda en el interior del fardo. Se dirigió hacia la izquierda, deteniéndose una y otra vez a comer bayas de pantano. El tobillo dislocado se le había entumecido y su cojera era más pronunciada que la del día anterior, pero el dolor que aquello le producía no era nada comparado con el que sentía en el estómago. Las punzadas del hambre eran agudas. Roían y roían hasta el punto en que ya no le permitieron concentrarse en qué camino seguir para llegar a «la tierra de los palitos». Las bayas de los pantanos no sólo no aplacaban su apetito, sino que con su sabor punzante le irritaban la lengua y el paladar.

Llegó por fin a un valle donde la perdiz blanca se elevaba con aleteo estremecido sobre las rocas y los cenagales. «Quer, quer, quer...», graznaban. Arrojó piedras contra ellas, pero no logró alcanzarlas. Dejó el fardo en el suelo y se dispuso a cazarlas al acecho, como cazan los gatos a los ruiseñores. Las rocas abruptas fueron desgarrando sus pantalones hasta que fue dejando con las rodillas un rastro de sangre, pero aquel dolor se perdía en el dolor mayor que le causaba el hambre. Avanzó serpenteando sobre el musgo empapado; sus ropas se mojaron y se enfrió su cuerpo, pero tan grande era su ansia de comer que ni cayó en la cuenta. Y mientras tanto las perdices blancas seguían elevándose en el aire, hasta que su «quer, quer...» le sonó a burla, y las maldijo y les gritó en voz alta imitando su graznido.

En una ocasión casi se arrastró sobre una perdiz que debía estar dormida. No la vio hasta que ésta levantó el vuelo de su escondrijo rocoso y le pegó en la cara con las alas. Tan asombrado como la propia perdiz, cerró la mano y en el interior del puño quedaron tres plumas de la cola del ave. Siguió su vuelo con la mirada, odiándola como si le hubiera hecho algo terrible. Luego retrocedió y se cargó el fardo a la espalda.

Conforme el día avanzaba se adentró en valles y bajíos, donde la caza era más abundante. No muy lejos de él pasó una manada de unos veinte caribús tentadoramente a tiro. Sintió un deseo ciego de correr tras ellos y la certeza de que podía abatirlos. Un zorro negro se aproximó a él llevando entre los dientes una perdiz blanca. El hombre gritó. Fue un grito temible aquel, pero el zorro huyó de su lado sin soltar su presa.

Más tarde, pasado el mediodía, siguió un arroyo lechoso de limo que corría entre juncales. Cogiendo los juncos con fuerza por la base logró arrancar algo semejante a un cebollino no más grande que la cabeza de un clavo. Era tierno, y sus dientes se hundieron en él con un crujido que prometía un sabor delicioso. Pero las fibras eran duras. Estaba compuesto, como las bayas, de filamentos saturados de agua, y, como aquéllas, no proporcionaba ningún alimento. Arrojó al suelo el fardo y se lanzó a cuatro patas sobre los juncos, mordiendo y rumiando como un bovino.

Estaba muy cansado y a veces sentía la tentación de descansar, de echarse al suelo y dormir, pero seguía adelante acuciado más por el hambre que por el deseo de llegar a «la tierra de los palitos». Inspeccionó los charcos en busca de ranas y excavó la tierra con las uñas para encontrar gusanos, aunque sabía que en aquellas latitudes ya no había ni ranas ni gusanos.

Buscó vanamente en todas las charcas de agua hasta que, cuando ya lo envolvía el largo crepúsculo, descubrió en una de ellas un diminuto pez solitario. Hundió el brazo en el agua hasta el hombro, pero el pez lo esquivó. Lo buscó con ambas manos y revolvió el barro lechoso que estaba depositado en el fondo. En su avidez cayó al agua, empapándose hasta la rodilla. Ahora la charca estaba demasiado turbia para poder ver el pez, y tuvo que esperar a que el barro volviera a sedimentarse.

Continuó la búsqueda hasta que el agua se enturbió de nuevo. Pero esta vez ya no pudo esperar más. Desató del fardo el cubo de estaño y comenzó a achicar el agua, salvajemente al principio, salpicándose la ropa y arrojando el agua a tan poca distancia que volvía a verterse en la charca; más cautelosamente después, pugnando por dominarse, aunque el corazón le saltaba en el pecho y las manos le temblaban. Al cabo de media hora la charca estaba casi seca. No quedaría más de un tazón de agua. Pero el pez había desaparecido. Entre las piedras halló un pequeño orificio por el que éste había escapado a una charca contigua y más grande, una charca que no podría desecar ni en un día y una noche. Si hubiera sabido de la existencia de ese orificio lo habría tapado con una piedra y el pez habría sido suyo.

Mientras esto pensaba se incorporó para derrumbarse después sobre la tierra húmeda, y allí lloró, silenciosamente primero, para su capote, y luego en alta voz, para la desolación despiadada que se extendía en torno a él. Durante largo tiempo lo sacudieron sollozos profundos y sin lágrimas.

Hizo después una hoguera, bebió un poco de agua hirviendo para calentarse y acampó sobre una roca del mismo modo que lo había hecho la noche anterior. Lo último que hizo aquel día fue comprobar si los fósforos estaban secos y dar cuerda al reloj. Las mantas estaban húmedas y viscosas. El tobillo le latía de dolor. Pero él sólo sentía el hambre, y en su dormir inquieto soñó con festines y banquetes y con manjares servidos y aderezados de todas las formas imaginables.

Despertó helado y enfermo. No había sol. El gris del cielo y de la tierra era ahora más intenso, más profundo. Soplaba un viento crudo y los primeros copos de nieve blanquearon las crestas de las colinas. El aire se fue haciendo más espeso y blanquecino, mientras él encendía una hoguera en que puso a hervir más agua. Era una nieve blanda, mitad agua, y los copos eran grandes y acuosos. Al principio se derretían tan pronto como entraban en contacto con la tierra, pero pronto comenzaron a caer en mayor cantidad y cubrieron el suelo, apagaron la hoguera y mojaron sus provisiones de musgo seco.

Aquello le indicó que era hora de echarse el fardo a la espalda y seguir su vacilante camino no sabía hacia dónde. Ya no le preocupaban ni «la tierra de los palitos», ni Bill, ni las vituallas ocultas bajo la canoa volcada junto al río Dease. Se hallaba totalmente a merced del verbo «comer». Estaba loco de hambre. No le importaba qué dirección seguir con tal de que su camino atravesara la zona más profunda del valle. Caminó entre la nieve blanda, buscando a tientas las bayas acuosas de pantano y arrancando al tacto los juncos por la raíz. Pero todo aquello carecía de sabor y no le calmaba el apetito. Halló una hierba de sabor amargo y devoró todas las que pudo encontrar, que no fueron muchas, porque crecía a ras de tierra y por ello se ocultaba fácilmente bajo la nieve, que alcanzaba ya varias pulgadas de espesor.

Aquella noche no hubo ni hoguera ni agua caliente, y durmió entre las mantas el sueño roto de los hambrientos. La nieve se convirtió en una lluvia fría. Las muchas veces que se despertó la sintió caer sobre su rostro vuelto hacia el cielo. Y llegó el nuevo día, un día gris y sin sol. Había dejado de llover y la punzada del hambre había desaparecido. Su sensibilidad en ese aspecto había llegado al límite. Sentía, eso sí, un dolor pesado y sordo en el estómago, pero eso no le preocupaba demasiado. Volvía a imperar la razón y una vez más su principal interés consistía en hallar «la tierra de los palitos» y el escondrijo junto al río Dease. Rasgó lo que le quedaba de una manta en tiras y se envolvió con ellas los pies ensangrentados. Se vendó también el tobillo dislocado y se preparó para un largo día de camino. Cuando llegó la hora de liar el fardo volvió a detenerse frente a la bolsa de piel de gacela, pero al fin cargó de nuevo con ella.

La nieve se había derretido bajo la lluvia, y sólo las crestas de las colinas mostraban su blancura. Salió el sol y pudo localizar los puntos cardinales, aunque ahora estaba ya cierto de que se había perdido. Quizá en aquellos días de vagar sin dirección determinada se había desviado demasiado hacia la izquierda. Decidió dirigirse hacia la derecha, con el fin de compensar esa posible desviación de su camino.

Aunque las punzadas del hambre no eran ahora tan agudas, se dio cuenta de que estaba muy débil. Tenía que pararse con frecuencia para recuperar fuerzas, paradas que aprovechaba para recoger bayas y raíces de juncos. Sentía la lengua seca e hinchada y como cubierta de un vello muy fino, y le sabía amarga en la boca. El corazón lo atormentaba. En cuanto caminaba unos minutos comenzaba a batir sin compasión, «tam, tam, tam», para brincar después en dolorosa confusión de latidos que lo asfixiaban, lo debilitaban y le producían una especie de vértigo.

A mediodía encontró dos peces diminutos en una charca. Era imposible achicar toda el agua, pero al menos ahora se hallaba más tranquilo y pudo pescarlos con ayuda de su cubo de estaño. No eran mayores que su dedo meñique, pero lo cierto era que no sentía demasiada hambre. El dolor que sentía en el estómago se hacía cada vez más tenue y lejano. Era como si se hubiera adormecido. Comió el pescado crudo masticando con cautela, concienzudamente, porque el comer se había convertido ahora para él en un acto de puro raciocinio. Aunque no le molestaba el hambre sabía que tenía que comer para seguir viviendo.

Por la tarde pescó otros tres pececillos; comió dos y reservó el tercero para el desayuno. El sol había secado algunos jirones de musgo y pudo entrar en calor bebiendo agua caliente. Aquel día no recorrió más de diez millas; el siguiente, caminando sólo cuando el corazón se lo permitía, no pudo avanzar más de cinco. Pero el estómago no le causaba ya ninguna molestia. Decididamente se había dormido. Había llegado el hombre a una región desconocida donde los caribús eran cada vez más abundantes y también los lobos. Sus aullidos flotaban a la deriva en medio de la desolación, y en una ocasión vio a tres de ellos huir ante su paso.

Otra noche. A la mañana siguiente, obedeciendo al imperio de la razón, desató los cordones de cuero que cerraban la bolsa de piel de gacela. De sus fauces abiertas brotó un chorro amarillo de polvo y pepitas de oro. Dividió el oro en dos montones, ocultó uno de ellos envuelto en un trozo de manta bajo una roca, y devolvió el otro a la bolsa. Rasgó también unas cuantas tiras de la manta que le quedaba para envolverse con ellas los pies. El rifle lo conservó porque quedaban cartuchos ocultos bajo la canoa volcada junto al Dease.

Fue aquel un día de niebla, un día en que el hambre volvió a despertar en su interior. Se sentía muy débil y a veces lo atacaba un vértigo que lo dejaba totalmente ciego. Ahora tropezaba y caía cada vez con mayor frecuencia. En una ocasión cayó de bruces sobre un nido de perdices blancas. Había en él cuatro crías nacidas el día anterior, cuatro partículas de vida, no mayores que un bocado; las devoró ansiosamente, metiéndoselas vivas en la boca y triturándolas con las muelas como si de cáscaras de huevo se tratase. La perdiz madre lo atacó graznando furiosamente. Trató de abatirla utilizando el rifle a modo de palo, pero ella escapó a su alcance. Comenzó entonces a arrojarle piedras y una de ellas, por mera casualidad, le rompió un ala. La perdiz huyó entonces arrastrando el ala rota y perseguida por el hombre. Las crías no habían conseguido más que abrirle a éste el apetito. Corrió saltando a la pata coja, brincando sobre el tobillo dislocado, arrojando piedras, insultando violentamente al ave unas veces y callando otras, levantándose sombría y pacientemente cuando caía y frotándose los ojos con las manos cuando el vértigo amenazaba con dominarlo. Aquella persecución lo condujo a lo más profundo del valle donde, sobre el musgo húmedo, descubrió huellas de pisadas. No eran suyas, eso era evidente. Debían ser de Bill, pero no pudo detenerse a averiguarlo, porque la perdiz seguía adelante. Primero la cogería y luego regresaría a investigar.

Logró agotar a la perdiz madre, pero al hacerlo se agotó él también. La perdiz yacía ahora en el suelo sobre un costado. Y él yacía en idéntica posición a doce pies de distancia, incapaz de arrastrarse hasta ella. Cuando logró reponerse, la perdiz se había repuesto también, y así, cuando se lanzó sobre ella, el ave pudo escapar a su mano hambrienta. La caza se reanudó. Al fin llegó la noche y la perdiz huyó. El hombre se tambaleó de debilidad y cayó al suelo de bruces, con su fardo a la espalda, hiriéndose en la mejilla. Permaneció durante largo tiempo inmóvil en el suelo. Luego se dio la vuelta, se echó sobre un costado, dio cuerda a su reloj y se durmió allí mismo, tal como estaba, hasta la mañana siguiente.

Otro día de niebla. La mitad de la manta la había empleado ya en hacer vendas para los pies. No pudo volver a hallar las huellas de Bill. No importaba. El hambre lo impulsaba a seguir adelante sin dejarle opción, sólo que... sólo que se preguntaba si Bill también se habría perdido. Hacia el mediodía el peso del fardo que llevaba a la espalda se hizo demasiado opresivo. Volvió a dividir el oro y esta vez abandonó la mitad sobre el suelo sin preocuparse ya de esconderlo. Por la tarde se deshizo del resto. Ya sólo le quedaba media manta, el cubo de estaño y el rifle.

Una alucinación comenzó a torturarle. Tenía la seguridad de que le quedaba un cartucho. Estaba en el cargador del rifle, y se le había pasado por alto. Mientras ese pensamiento lo invadía sabía a ciencia cierta que el cargador estaba vacío. Pero la alucinación seguía asediándolo. Luchó contra ella durante horas; al fin decidió examinar el cargador. Lo abrió de golpe y se enfrentó con la realidad: estaba vacío. Su desencanto fue tan grande como si de verdad hubiera esperado hallar dentro el cartucho.

Siguió andando trabajosamente, y a la media hora la alucinación lo atacó de nuevo. Otra vez luchó contra ella, y de nuevo ésta persistió hasta que tuvo que volver a examinar el rifle para convencerse. A ratos la mente del hombre desvariaba. Entonces continuaba avanzando penosamente como un simple autómata, mientras que extrañas ideas y fantasías roían su cerebro como gusanos. Pero estos desvaríos solían ser de poca duración, porque las punzadas del hambre lo atraían de nuevo a la realidad. En una ocasión, lo que lo sacó de golpe de sus fantasías fue un espectáculo que casi lo hizo desvanecerse. Las piernas le flaquearon, tropezó y tuvo que tambalearse como un borracho para no caer. ¡Frente a él tenía a un caballo! ¡Un caballo! No podía dar crédito a sus ojos. Lo separaba de él una espesa neblina entretejida con puntos brillantes de luz. Se frotó los ojos salvajemente para aclararse la vista y entonces pudo ver que se trataba no de un caballo, sino de un oso que lo contemplaba con curiosidad belicosa.

El hombre había iniciado ya el gesto maquinal de colocarse el rifle al hombro, cuando se dio cuenta de la inutilidad de su acción. Lo bajó y desenfundó el cuchillo que llevaba colgado a la cintura en una funda adornada con cuentas. Ante él tenía carne y vida. Rozó el filo del cuchillo con la yema del pulgar. Estaba perfectamente afilado. La punta también lo estaba. Se arrojaría sobre el oso y lo mataría. Pero el corazón comenzó a golpear en su pecho como un tambor de alerta: tam, tam, tam... Siguió después el salvaje brincar dentro del pecho, la confusión de latidos, la presión sobre la frente, como si se la apretaran con una banda de hierro, y el vértigo que se apoderaba de su cerebro.

Su valentía desesperada cedió al empuje del miedo. Con la debilidad que sentía, ¿qué pasaría si el animal lo atacaba? Se levantó y, con la postura más imponente que pudo adoptar, empuñó el cuchillo y miró al oso sin pestañear. El animal avanzó torpemente un par de pasos, retrocedió y soltó al fin un gruñido, con el fin de sondear las intenciones de su rival. Si el hombre corría, correría tras él; pero el hombre no se movió. Lo animaba ahora el valor que proporciona el miedo. Gruñó también él de una manera salvaje, terrible, que expresaba el temor inherente a la vida y entramado con las raíces más profundas del vivir.

El oso se hizo a un lado gruñendo amenazadoramente, y sorprendido ante aquella misteriosa criatura erguida y sin miedo. Pero el hombre no se movió. Permaneció erguido como una estatua, hasta que hubo pasado el peligro. Sólo entonces se dejó dominar por el temblor y se hundió en el musgo mojado.

Al fin se tranquilizó y siguió su camino, invadido por miedo distinto. Ya no temía morir pasivamente de inanición. Ahora lo asustaba morir violentamente antes de que el hambre hubiera extinguido la última partícula de ánimo que lo impulsaba a seguir luchando por la supervivencia. Además, estaban los lobos. Sus aullidos cruzaban la desolación, tejiendo en el aire una red amenazadora, tan tangible que el hombre se encontró batiendo los brazos en el aire para apartarla de su alrededor como si de las lonas de una tienda de campaña azotadas por el viento se tratara.

Una y otra vez se cruzaban en su camino los lobos en grupos de dos o de tres. Pero al verle huían. No iban en número suficiente y además andaban a la caza del caribú, que no ofrecía resistencia, mientras que aquella extraña criatura que caminaba en posición erecta podía arañar y morder.

A última hora de la tarde halló unos cuantos huesos desperdigados en un lugar donde los lobos habían llevado a cabo una matanza. Sólo una hora antes, aquel montón de carroña había sido una cría de caribú que corría y coceaba llena de vida. Contempló los huesos limpios y pulidos, rosados por las células de vida que aún no habían muerto en ellos. ¿Podría ocurrirle lo mismo a él antes de que acabara el día? Así era la vida, ¿no? Un sueño vano y pasajero. Sólo la vida dolía. En la muerte no existía el dolor. Morir era dormir. Morir significaba el cese, el descanso. Entonces, ¿por qué no se resignaba a la muerte?

Pero no moralizó por mucho tiempo. Se hallaba en cuclillas sobre el musgo con un hueso en la boca chupando aquellas briznas de vida que aún lo teñían de un rosa difuminado. El sabor dulce de la carne, tenue y esquivo como un recuerdo, lo enloqueció. Cerró las quijadas sobre el hueso y apretó. Unas veces era el hueso lo que partía, otras sus propias muelas, pero siguió masticando. Luego machacó con piedras los huesos que quedaban hasta convertirlos en una especie de pulpa, y los devoró. En su avidez se machacó también los dedos, pero cayó en la cuenta, con asombro, de que aquello no le provocaba demasiado dolor.

Llegaron días terribles de nieve y de lluvia. Ya no sabía cuándo acampaba y cuándo levantaba el campamento. Viajaba tanto de noche como de día. Descansaba allá donde caía, y seguía arrastrándose cuando la vida que agonizaba en él se reavivaba para arder con algo más de viveza. En cuanto hombre, ya no luchaba. Era la vida que había en él y que se resistía a morir lo que lo impulsaba a seguir adelante. Ya no sufría. Tenía los nervios embotados, adormecidos, y la mente repleta de visiones extrañas y sueños deliciosos.

Pero siguió chupando y masticando los huesos machados del caribú. Lo poco que quedaba lo guardó y lo llevó consigo. Ya no cruzó más montes ni divisorias de cuencas, sino que siguió automáticamente un ancho río que fluía a través de un valle amplio y profundo. No veía ni el río ni el valle. No veía sino visiones. Cuerpo y espíritu caminaban, o mejor sería decir que se arrastraban, el uno junto al otro y, sin embargo, separados, tan tenue era el hilillo que los unía.

Se despertó completamente lúcido, tendido boca arriba sobre una roca. Brillaba el sol y hacía calor. A lo lejos oyó el mugido de las crías de caribú. Tenía un recuerdo vago de lluvias, de vientos y de nieve, pero si la tormenta había durado dos días o dos semanas, eso no lo sabía.

Durante algún tiempo yació inmóvil, dejando que aquel sol amigo se derramara sobre él y saturara su pobre cuerpo en calor. Hacía buen día, pensó. Quizá pudiera al fin orientarse. Con un esfuerzo doloroso rodó sobre sí mismo hasta tenderse sobre un costado. A sus pies fluía un río ancho y perezoso. El hecho de que le resultara totalmente desconocido lo sorprendió. Siguió lentamente con la mirada los meandros que serpenteaban entre colinas yermas y desoladas, más yermas y desoladas que ninguna que hubiera visto jamás. Lenta y fríamente, sin emoción, con una indiferencia casi total, siguió el curso de la corriente hasta el horizonte y allí la vio desembocar en un océano claro y fulgurante. No se conmovió. ¡Qué raro, pensó, es una visión o un espejismo! No, tenía que ser una visión, una nueva jugarreta de mente desvariada. La presencia de un barco anclado en medio del brillante océano lo confirmó en su idea. Cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir. ¡Era extraño cómo persistía la visión! Y, sin embargo, no podía ser otra cosa. Sabía que no había ni océanos ni barcos en el corazón de aquella tierra desolada, como antes había sabido que no había cartuchos en el cargador de su fusil.

De pronto oyó un resuello a sus espaldas, una especie de jadeo entrecortado semejante a una tos. Muy lentamente, a causa de su debilidad extrema y la rigidez de sus músculos, se volvió hacia el otro lado. No vio nada, pero esperó pacientemente. De nuevo volvió a oír el jadeo y la tos, y, al fin, entre dos rocas distinguió a una veintena de pies la cabeza gris de un lobo. No tenía las orejas enhiestas como sus compañeros. Tenía los ojos apagados e inyectados en sangre, y la cabeza le colgaba tristemente hacia un lado. El animal parpadeaba continuamente, cegado por la luz del sol. Parecía estar enfermo. Mientras lo miraba resolló y volvió a toser.

Aquello al menos era real, se dijo el hombre, y luego se volvió hacia el otro lado para enfrentarse con la realidad que la visión anterior le había velado. Pero el mar seguía brillando en la distancia, y el barco se divisaba claramente. ¿Sería cierto, después de todo? Cerró los ojos largo tiempo, meditó, y de pronto comprendió. Había avanzado hacia el noroeste, alejándose del río Dease y adentrándose, en cambio, en el Valle de la Mina de Cobre. Ese río ancho y perezoso era el de la Mina de Cobre. Aquel mar brillante era el Océano Ártico y el barco era un ballenero que se había desviado demasiado hacia el este de la boca del MacKenzie y había anclado en el Golfo de la Coronación. Recordó la carta de navegación de la Compañía de la Bahía de Hudson que había visto hacía largo tiempo, y de pronto todo le pareció claro y razonable. Se sentó y dedicó toda su atención a los problemas más inmediatos. Tenía los pies transformados en trozos informes de carne sanguinolenta. Había terminado con los restos de la última manta, y tanto el rifle como el cuchillo habían desaparecido. Había perdido el sombrero con el paquete de fósforos bajo la cinta, pero los que llevaba junto al pecho seguían secos y a salvo en su envoltura de papel de cera y dentro de la bolsa de tabaco. Miró el reloj. Marcaba las once en punto y seguía andando. Indudablemente durante todos aquellos días no había dejado de darle cuerda.

Estaba tranquilo y sosegado. A pesar de su extrema debilidad no sentía dolor. Tampoco sentía hambre. Ni siquiera le resultaba atractivo pensar en comer, y todos sus actos obedecían exclusivamente al imperio de la razón. Se rasgó los pantalones hasta la rodilla, y con los jirones se vendó los pies. Por fortuna había logrado conservar el cubo de estaño. Bebería un poco de agua caliente antes de comenzar lo que preveía iba a ser un viaje terrible hasta el barco.

Se movió con lentitud. Temblaba como un palúdico. Cuando quiso reunir un puñado de musgo seco encontró que no podía ponerse en pie. Lo intentó una y otra vez, y al fin se contentó con gatear. En una ocasión se aproximó al lobo enfermo. El animal se hizo a un lado con desgana, lamiéndose las fauces con la lengua, una lengua que no parecía tener siquiera la fuerza suficiente para enroscarse. El hombre se dio cuenta de que no la tenía del rojo acostumbrado entre esos animales. Era de un marrón amarillento y parecía cubierta de una mucosa áspera y medio reseca.

Después de beber un cuartillo de agua caliente, el hombre pudo ponerse en pie y hasta caminar del modo que camina el agonizante. A cada minuto tenía que detenerse a descansar. Sus pasos eran inciertos y vacilantes, tan inciertos y vacilantes como los del lobo que le seguía, y aquella noche, cuando el mar se ennegreció bajo el borrón de la oscuridad, supo que no había recorrido ni siquiera cuatro millas.

Toda la noche oyó la tos del lobo enfermo, y de vez en cuando los mugidos de los caribús. La vida bullía en torno a él, pero una vida fuerte, sana y pujante. Sabía que el lobo enfermo se pegaba a la huella del hombre enfermo con la esperanza de que éste muriera primero. Por la mañana, al abrir los ojos, lo encontró contemplándolo con una mirada en que se reflejaban el hambre y la melancolía. Estaba agazapado con el rabo entre las piernas como un perro triste y abatido. Temblaba al viento frío de la mañana, e hizo una mueca desanimada cuando el hombre le habló con una voz que no pasó de ser un bronco susurro.

El sol se elevó radiante, y toda la mañana el hombre avanzó hacia el barco y el mar brillante, arrastrándose y cayendo. El tiempo era perfecto; se trataba del veranillo de San Martín de aquellas latitudes. Podía durar una semana o quizá uno o dos días.

Por la tarde el hombre encontró un rastro de huellas. Eran de un ser humano que no andaba, sino que se arrastraba a cuatro patas. Pensó que quizá se tratara de Bill, pero lo pensó de forma vaga e indiferente. No sentía la más mínima curiosidad. De hecho, sensaciones y emociones lo habían abandonado. Ya no era susceptible al dolor. El estómago y los nervios se le habían adormecido, pero la vida que latía en él lo impulsaba a seguir. Estaba agotado, pero se resistía a morir. Y porque se resistía a morir continuó comiendo bayas de pantano y peces diminutos, bebiendo agua caliente y vigilando con mirada desconfiada al lobo enfermo.

Siguió el rastro del hombre que lo había precedido arrastrándose y pronto llegó al final: un montón de huesos frescos, en torno al cual unas huellas marcadas en el musgo fresco delataban la presencia de innumerables lobos. Vio una bolsa de piel de alce, hermana de la suya y desgarrada por colmillos afilados. La recogió, aunque el peso era excesivo para la debilidad de sus dedos. Bill había cargado con ella hasta el final. ¡Ja, ja, ja! Ahora podía reírse de Bill. Él sobreviviría y la llevaría hasta el barco anclado en aquel mar rutilante. Su carcajada resonó ronca y fantasmal como el graznido de un cuervo, y el lobo enfermo lo secundó aullando lúgubremente. De súbito el hombre se interrumpió. ¿Cómo podía reírse de Bill? ¿Y si aquellos huesos rosáceos y pulidos fueran efectivamente los de su amigo?

Volvió la espalda. Bill lo había abandonado, pero él no le robaría el oro ni chuparía sus huesos. Aunque Bill no hubiera dudado en hacerlo si hubiera sucedido a la inversa, pensó mientras se apartaba de allí con paso vaciante.

Al poco rato llegó junto a una charca de agua. Al inclinarse sobre la superficie en busca de posible pesca echó atrás la cabeza como si hubiera recibido una picadura. Había visto su propio rostro reflejado en el agua. Tan horrible fue la visión que su sensibilidad despertó el tiempo suficiente para asombrarse. Había tres peces en la charca, pero ésta era demasiado grande para poder achicarla. Después de intentar pescarlos con el cubo, sin resultado, desistió. Se sabía muy débil y temió caer en el agua y ahogarse. Por esa misma razón no quería dejarse arrastrar por la corriente del río montado a horcajadas sobre uno de los muchos troncos atascados en los bancos de arena.

Aquel día redujo tres millas la distancia que lo separaba del barco, y al día siguiente dos, porque ahora se arrastraba como Bill se había arrastrado. La noche del quinto día lo halló aún a siete millas de distancia del barco e incapaz de recorrer siquiera una milla diaria.

Pero el veranillo de San Martín se mantenía y él seguía adelante arrastrándose y desvaneciéndose y volviéndose una y otra vez para vigilar al lobo enfermo que seguía pegado a sus talones tosiendo y jadeando. Tenía las rodillas en carne viva, igual que los pies, y aunque las llevaba envueltas en jirones que arrancaba de la camisa, iba dejando sobre el musgo y sobre las rocas un reguero de sangre. Una vez, al volverse, vio al lobo lamer ávidamente su rastro sangriento, e imaginó con toda lucidez cuál sería su final a menos..., a menos que fuera él quien acabara con el lobo. Así comenzó una existencia trágica, tan lúgubre como jamás se haya visto sobre la tierra; un hombre enfermo arrastrándose ante un lobo también enfermo que cojeaba. Dos criaturas que remolcaban, acechándose mutuamente, a través de la desolación sus esqueletos moribundos.

Si el lobo hubiera estado sano, al hombre no le hubiera importado tanto, pero la idea de convertirse en alimento de aquel bulto horrible y muerto le repugnaba. Aún tenía remilgos. Su mente había comenzado a divagar de nuevo; las alucinaciones lo asediaban, mientras que los períodos de lucidez se iban haciendo cada vez más cortos e infrecuentes.

En una ocasión vino a sacarle de su desvanecimiento un resuello muy cercano a su oído. El lobo se echó atrás, perdió pie y cayó a causa de su debilidad. La escena era ridícula, pero no lo divirtió. Ni siquiera sintió miedo. Estaba demasiado cansado para ello. Pero en aquel momento tenía la mente despejada y se puso a meditar. El barco estaba a unas cuatro millas de distancia. Podía verlo claramente cuando se frotaba los ojos para disipar la niebla que los cegaba, y hasta divisaba la vela blanca de una barcaza que surcaba las aguas brillantes del mar. Pero no podía recorrer a rastras esas cuatro millas. Lo sabía y aceptaba el hecho con toda serenidad. Sabía que no podía arrastrarse ya ni media milla, y, sin embargo, quería vivir. Sería una locura morir después de todo lo que había soportado. El destino le exigía demasiado. Y aun muriendo se resistía a morir. Quizá fuera una completa locura, pero al borde mismo de la muerte se atrevía a desafiarla y se negaba a perecer.

Cerró los ojos y se serenó con infinitas precauciones. Se revistió de fuerza y se dispuso a mantenerse a flote en aquella languidez asfixiante que inundaba como una marea ascendente todos los recovecos de su ser. Era como un océano esa languidez mortal que subía y subía y poco a poco anegaba su conciencia. A veces se veía casi sumergido, nadando con torpes brazadas en el mar del olvido; otras, gracias a alguna extraña alquimia de su espíritu, hallaba un miserable jirón de voluntad y volvía al ataque con renovada fuerza.

Inmóvil permaneció echado en el suelo, boca arriba, oyendo la respiración jadeante del lobo enfermo que se acercaba más y más, lentamente, a través de un tiempo infinito..., pero él no se movía. Lo tenía ya junto al oído. La áspera lengua ralló como papel de lija su mejilla. El hombre lanzó las manos contra el lobo... o al menos quiso hacerlo. Los dedos se curvaron como garras, pero se cerraron en el aire vacío. La rapidez y la destreza requieren fuerza, y el hombre no la tenía.

La paciencia del lobo era terrible. La paciencia del hombre no lo era menos. Durante medio día permaneció inmóvil, luchando contra la inconsciencia y esperando al ser que quería cebarse en él o en el que él, a su vez, quería cebarse. A veces el océano de languidez lo inundaba y le hacía soñar sueños interminables, pero en todo momento, en el sueño y en la vigilia, permanecía atento al jadeo entrecortado y a la áspera caricia de la lengua lupina.

De pronto dejó de oír aquella respiración, y poco a poco emergió de su sueño al sentir en su mano el contacto de la lengua reseca que lo lamía. Esperó. Los colmillos presionaron suavemente; la presión aumentó; el lobo aplicaba sus últimas fuerzas a la tarea de hundir los dientes en la presa tanto tiempo deseada. Pero el hombre había esperado también largo tiempo y la mano lacerada se cerró en torno a la quijada. Lentamente, mientras el lobo se resistía débilmente y el hombre aferraba con igual debilidad, la otra mano se arrastró subrepticiamente hacia el cuello del animal. Cinco minutos después el hombre estaba echado sobre el animal. Las manos no tenían la fuerza suficiente para ahogarlo, pero su rostro estaba hundido en la garganta del lobo, y su boca estaba llena de pelos. Media hora después, el hombre notó que un líquido caliente se deslizaba por su garganta. No era una sensación agradable. Era como plomo derretido lo que entraba a la fuerza en su estómago, y esa fuerza obedecía exclusivamente a un esfuerzo de su voluntad. Más tarde el hombre se tendió boca arriba y se durmió.


En el ballenero Bedford iban varios miembros de una expedición científica. Desde la cubierta divisaron un extraño objeto en la costa. El objeto se movía por la playa en dirección al agua. A primera vista no pudieron clasificarlo y, llevados por su curiosidad científica, botaron una chalupa y se acercaron a la playa para investigar. Y allí encontraron a un ser viviente que apenas podía calificarse de hombre. Estaba ciego y desvariaba. Serpenteaba sobre la arena como un gusano monstruoso. La mayoría de sus esfuerzos eran inútiles, pero él persistía, retorciéndose, contorsionándose y avanzando quizá una veintena de pies por hora.

Tres semanas después el hombre yacía sobre una litera del ballenero Bedford, y con lágrimas surcándole las enjutas mejillas, refería quién era y la odisea que había pasado. Balbucía también palabras incoherentes acerca de su madre, de las tierras templadas del sur de California y de una casa rodeada de flores y naranjales.

No pasaron muchos días antes de que pudiera sentarse a la mesa con los científicos y los oficiales del barco. Se regocijó ante el espectáculo que ofrecía la abundancia de manjares y miró ansiosamente cómo desaparecían en las bocas de los comensales. La desaparición de cada bocado atraía a su rostro una expresión de amargo desencanto. Estaba perfectamente cuerdo y, sin embargo, a las horas de las comidas odiaba a aquellos hombres. Lo perseguía el temor de que las provisiones se agotaran. Preguntó acerca de ello al cocinero, al camarero de a bordo y al capitán. Todos le aseguraron infinidad de veces que no tenía nada que temer, pero él no podía creerlo, y se las ingenió para poder ver la despensa con sus propios ojos.

Pronto se dieron cuenta todos de que el hombre engordaba. Cada día que pasaba su cintura aumentaba. Los científicos meneaban la cabeza y teorizaban. Lo pusieron a régimen, pero el hombre seguía engordando e hinchándose prodigiosamente bajo la camisa.

Los marineros, mientras tanto, sonreían para su capote. Ellos sí sabían. Y cuando los científicos se decidieron a vigilar al hombre, supieron también. Lo vieron escurrirse al acabar el desayuno y acercarse como un mendigo a un marinero con la palma de la mano extendida. El marinero sonrió y le alargó un trozo de galleta. El hombre cerró el puño codicioso, miró la galleta como un avaro mira el oro y se la metió bajo la camisa. Lo mismo hizo con lo que le entregaron los otros marineros.

Los científicos fueron prudentes y lo dejaron en paz. Pero en secreto registraron su litera. Estaba llena de galletas de munición; el colchón estaba relleno de galleta; cada hueco, cada hendidura estaba llena de galleta... Y, sin embargo, el hombre estaba cuerdo. Sólo tomaba precauciones contra una posible repetición de aquel período de hambre; eso era todo. Se restablecería, dictaminaron los científicos. Y así ocurrió aun antes de que el ancla del ballenero Bedford se hundiera en las arenas de la bahía de San Francisco.


Obra: Uno no es ninguno, Antoni Tapies (1976)

martes, 15 de junio de 2010

El burlado, Jack London




Aquél era el final. Subienkow había recorrido un largo camino de amargura y horrores, guiado, como una paloma, por el instinto que lo llevaba hacia las capitales de Europa, y allí, en el punto más lejano, en la América rusa, el sendero acababa. Estaba sentado en la nieve con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura. Miró con curiosidad al enorme cosaco que, tendido de bruces sobre la nieve, gemía de dolor frente a él. Los hombres habían acabado con el gigante y se lo habían entregado a las mujeres. Sus gritos atestiguaban que ellas habían excedido en crueldad a los varones.

Subienkow miró y se estremeció. No temía a la muerte. En el largo camino de Varsovia a Nulato había arriesgado la vida demasiadas veces para temerle ahora al simple hecho de morir. Lo que sí le asustaba era la tortura. Era una afrenta a su espíritu. Una afrenta, no por el dolor que tuviera que soportar, sino por el triste espectáculo que le haría ofrecer ese dolor. Sabía que rogaría, que suplicaría, que imploraría como lo habían hecho el Gran Iván y los que le habían precedido. Y eso le repugnaba. Con valor y serenidad, con una sonrisa y una chanza... así había que morir. Pero perder el control, dejar que el dolor de la carne afectara su espíritu, chillar y escandalizar como un simio, rebajarse a la categoría de bestia... eso era lo terrible.

No había tenido ocasión de escapar. Desde el primer momento, desde el día en que se había entregado al sueño apasionado de la independencia de Polonia, había sido un títere en manos del destino. Desde el primer momento... A través de Varsovia, de San Petersburgo, de las minas de Siberia, de Kamchatka, de los barcos alucinantes de los ladrones de pieles, el destino le había ido conduciendo hasta este terrible final. Indudablemente, en los cimientos del universo estaba escrito que acabaría así. Él, un hombre fino y sensible, con los nervios a flor de piel, un soñador, un poeta, un artista... Aun antes de que nadie imaginara su existencia se había sentenciado que aquel manojo estremecido de sensibilidad que había de ser su persona sería condenado a vivir en la brutalidad más cruda y vociferante y a morir en ese reino lejano de la noche, en ese lugar oscuro situado más allá del último confín.

Suspiró. Aquel bulto informe que tenía ante él era el Gran Iván, el gigante, el hombre sin nervios, el de temple de acero, el cosaco convertido en pirata de los mares, flemático como el buey y dotado de un sistema nervioso tan resistente que lo que el hombre común consideraba dolor era para él apenas un simple cosquilleo. Pues bien, nadie como esos indios nulatos para encontrar los nervios de Iván y seguirlos hasta la raíz de su espíritu estremecido. Indudablemente lo habían conseguido. Era inconcebible que un hombre pudiera sufrir tanto y, sin embargo, seguir viviendo. El Gran Iván estaba pagando caro el temple de sus nervios. Ya había durado más del doble que cualquiera de los otros.

Subienkow se dio cuenta de que no podía aguantar por más tiempo el sufrimiento del cosaco. ¿Por qué no moría ya? Si no dejaba de oír sus gritos, pronto se volvería loco. Pero cuando éstos cesaran, le llegaría el turno a él. Y para colmo, allí estaba Yakaga, sonriéndole de antemano con una mueca brutal... Yakaga, el hombre a quien sólo la semana anterior había arrojado del fuerte cruzándole la cara con el látigo que utilizaba para los perros. Yakaga se encargaría con gusto de él. Seguro que le reservaba torturas más refinadas, más exquisitas que las que destinaban a los otros.

¡Ay! Del grito de Iván dedujo que aquél había sido un buen golpe. Las indias que se cernían sobre el cosaco retrocedieron un paso entre palmas y carcajadas. Subienkow vio entonces la acción monstruosa que habían perpetrado y comenzó a reír histéricamente. Las mujeres le miraron asombradas. Pero Subienkow no podía dejar de reír.

Así no llegaría a ninguna parte. Se dominó, y poco a poco sus sacudidas espasmódicas se fueron calmando. Se esforzó por pensar en otras cosas y comenzó a leer en su pasado. Recordó a su padre y a su madre y al pony de pintas que le habían regalado, y al profesor de francés que le había enseñado a bailar y le había prestado a hurtadillas un libro de Voltaire, viejo y manoseado. Una vez más vio a París, y el Londres melancólico, y la alegre Viena, y Roma. Y una vez más vio a aquel grupo bravío de jóvenes que, como él, habían soñado con una Polonia independiente y con instaurar a un rey polaco en el trono de Varsovia. Allí había comenzado el largo camino. Al menos él era el que más había durado. Uno por uno, comenzando por los dos que habían ejecutado en San Petersburgo, había visto caer a todos aquellos valientes: uno aquí a manos de un carcelero, otro allá en el camino sangriento de exilio que habían recorrido durante meses sin fin, otro más vencido por los golpes y malos tratos de los guardas cosacos. Siempre el mismo salvajismo; un salvajismo brutal, bestial... Habían muerto de fiebres, en las minas, bajo el azote del látigo. Los dos últimos habían sucumbido en la huida, en la batalla con los cosacos. Sólo él había logrado llegar a Kamchatka con los documentos y el dinero robados a un viajero que había dejado agonizando sobre la nieve.

No había visto sino brutalidad. Todos aquellos años, mientras tenía el pensamiento puesto en salones, en teatros y en cortes, la brutalidad lo había asediado. Había comprado su vida con sangre. Todos se habían manchado las manos. Él mismo había asesinado a aquel viajero para poder robarle el pasaporte. Había tenido que probar su valor manteniendo sendos duelos con dos oficiales rusos en un mismo día. Había tenido que demostrar su valentía para ganarse un puesto entre los ladrones de pieles. Tras él quedaba el interminable camino que atravesaba toda Siberia y toda Rusia. No podía volver atrás; por allí no había escape posible. No le quedaba más opción que seguir adelante, atravesar el mar de Bering, oscuro y helado, para llegar a Alaska. El camino lo había llevado del puro y simple salvajismo a un salvajismo aún más refinado. En los barcos de ladrones de pieles, castigados por el escorbuto, sin comida ni agua, asediados por las inacabables tormentas de aquel mar tormentoso, los hombres se convertían en animales. Tres veces había salido de Kamchatka en dirección al Este. Y otras tantas, después de pasar toda clase de sufrimientos y penalidades, los sobrevivientes habían vuelto a Kamchatka. No había posibilidad de huir y no podía volver al punto de partida, donde las minas y el látigo aguardaban. De nuevo, por cuarta y última vez, había zarpado hacia el Este. Había partido con los que descubrieron las fabulosas islas de las Focas, pero no había regresado con ellos para participar en el reparto de pieles ni en las bulliciosas orgías de Kamchatka. Había jurado no volver atrás. Sabía que si quería llegar a sus queridas capitales de Europa tenía que seguir siempre adelante. Y por eso había subido a bordo de otro barco y había permanecido en las oscuras tierras del Nuevo Continente. Sus compañeros de tripulación eran cazadores eslavos, aventureros rusos y aborígenes mongoles, tártaros y siberianos. Juntos habían abierto un camino de sangre entre los salvajes de aquel mundo nuevo. Habían exterminado aldeas enteras y se habían negado a pagar los tributos de pieles, pero a su vez habían sido víctimas de las matanzas a que los sometían otras tripulaciones. Él y un tal Finn habían sido los únicos supervivientes de la suya. Habían pasado un invierno de soledad y de hambre en una isla desierta del archipiélago de las Aleutianas y al fin, en primavera, la posibilidad entre mil de que los rescatara otro navío se había realizado.

Pero el salvajismo más terrible los seguía asediando. De barco en barco, siempre negándose a volver, había ido a parar a un navío que se dirigía a explorar las tierras del Sur. A todo lo largo de la costa de Alaska no habían encontrado sino hordas de salvajes. Cada anclaje que efectuaban entre las islas abruptas o bajo los acantilados amenazadores de la tierra firme había significado una batalla o una tormenta. O soplaban vientos que amenazaban con destruirlos o llegaban las canoas cargadas de nativos vociferantes con rostros cubiertos de pinturas de guerra que venían a aprender qué virtudes sangrientas poseía la pólvora de aquellos señores del mar. Siempre navegando rumbo al Sur, habían bordeado la costa hasta llegar a las míticas tierras de California. Se decía que grupos de aventureros españoles habían logrado abrirse camino hasta allí partiendo de México. En esos aventureros españoles había puesto su esperanza. Si hubiera logrado encontrarse con ellos, el resto habría sido fácil (un año o dos más, ¿qué importaba?). Habría llegado a México; luego un barco, y Europa habría sido suya. Pero no había dado con los españoles. Sólo había tropezado con la eterna muralla inexpugnable de salvajismo. Los habitantes de los confines del mundo, cubiertos sus rostros de pinturas de guerra, les habían obligado a replegarse una y otra vez. Al fin, un día en que éstos lograron apoderarse de uno de sus barcos y exterminar a toda la tripulación, el que tenía el mando de la flota decidió abandonar la empresa y regresar al Norte.

Pasaron los años. Estuvo a las órdenes de Tebenkoff cuando se construyó el fuerte de Michaelovski. Pasó dos años en la región del Kuskokwim. Dos veranos, en junio logró llegar al extremo del estrecho de Kotzebue. Allí era donde las tribus se reunían a traficar, donde se encontraban pieles moteadas de venado siberiano, marfil de las Diomedes, pieles de morsa de las costas del Ártico, extraños candiles de piedra que pasaban de tribu en tribu y cuyo origen nadie conocía, y hasta un cuchillo de caza fabricado en Inglaterra. Aquél, Subienkow lo sabía, era el mejor lugar para aprender geografía. Porque halló allí esquimales del estrecho de Norton, de las islas del Rey y de la isla de San Lorenzo, del cabo Príncipe de Gales y de Punta Barrow. Allí aquellos lugares tenían otros nombres y las distancias se medían en jornadas.

Era una región vasta la de procedencia de aquellos salvajes, y más vasta todavía era la región desde donde habían llegado hasta ellos, por caminos interminables, los candiles de piedra y el cuchillo de acero. Subienkow amenazaba, halagaba y sobornaba. Todos los viajeros y los nativos de alguna extraña tribu eran llevados a su presencia. Allí se mencionaban peligros sin cuento, animales salvajes, tribus hostiles, bosques impenetrables y majestuosas cadenas montañosas; y siempre, de lugares aún más lejanos, llegaban rumores de la existencia de hombres de piel blanca, ojos azules y cabellos rubios que peleaban como diablos y que buscaban pieles. Hacia el Este decían que se hallaban; muy lejos, siempre hacia el Este. Nadie los había visto. Era un rumor que corría de boca en boca.

Fue aquél un duro aprendizaje. Se adquirían conocimientos de geografía a través de extraños dialectos, a través de mentes oscuras que mezclaban la realidad con la fábula y que medían las distancias en jornadas, que variaban según la dificultad del camino. Pero al fin llegó un rumor que le hizo concebir esperanzas. Al Este había un gran río donde se hallaban los hombres de ojos azules. El río se llamaba Yukón. Al sur del fuerte Michaelovski desembocaba otro gran río que los rusos conocían con el nombre de Kwikpak. Los dos eran el mismo, decía el rumor.

Subienkow volvió a Michaelovski. Durante un año trató de organizar una expedición al Kwikpak. Al fin convenció a Malakoff, el mestizo ruso, de que se pusiera al frente de una mixtura infernal, la horda más salvaje y feroz de aventureros mestizos que jamás hubiera salido de Kamchatka. Subienkow iba de lugarteniente. Recorrieron los laberintos del delta del Kwikpak, atravesaron las colinas de la ribera norte del río y en canoas de piel cargadas hasta la borda de mercancías para traficar y de munición lucharon a lo largo de quinientas millas contra las corrientes de cinco nudos de aquel río de una anchura que oscilaba entre dos y diez millas y de muchas brazas de profundidad. Malakoff decidió construir un fuerte en Nulato. Subienkow le instó a seguir adelante, pero pronto se reconcilió con la idea. El largo invierno se echaba encima. Sería mejor esperar. A comienzos del verano siguiente, cuando se derritieran los hielos, remontarían el Kwikpak y se abrirían paso hasta las factorías de la Compañía de la Bahía de Hudson. Malakoff no había oído el rumor de que el Kwikpak era el Yukón, y Subienkow no se lo dijo.

Y comenzaron a construir el fuerte. Lo hicieron sobre la base de trabajos forzados. Las murallas formadas por hileras de troncos se elevaron entre suspiros y quejas de los indios mulatos. El látigo restalló sobre sus espaldas, y era la mano de hierro de los bucaneros del mar la que sostenía el látigo. Algunos indios huían. Cuando lograban capturarlos, los traían hasta el fuerte, los obligaban a tenderse de bruces ante la puerta y allí demostraban a la tribu la eficacia del látigo. Dos murieron bajo los azotes; muchos quedaron mutilados de por vida, y el resto aprendió la lección y no volvió a intentar la huida. Antes de que vinieran las nieves, el fuerte estaba terminado. Había llegado la época de las pieles. Impusieron a la tribu un pesado tributo. Para obligar a los indios a satisfacerlo, redoblaron los golpes y los latigazos, tomaron a mujeres y niños como rehenes y les trataron con la crueldad de que sólo los ladrones de pieles son capaces. Habían sembrado sangre y llegó el momento de la cosecha. Ahora el fuerte había desaparecido. A la luz de las llamas la mitad de los ladrones de pieles fue pasada a cuchillo. La otra mitad murió como consecuencia de las torturas. Sólo quedaba Subienkow o, mejor dicho, sólo quedaban Subienkow y el Gran Iván, si es que aquella masa informe que gemía y gimoteaba sobre la nieve podía llamarse el Gran Iván. Subienkow sorprendió en el rostro de Yakaga una mueca dirigida a él. Con Yakaga allí no había posibilidad de salvación. Aún llevaba en el rostro la marca de su látigo. Después de todo no podía reprochárselo, pero lo estremecía pensar lo que aquel indio podía hacerle. Pensó en recurrir a Makamuk, el jefe de la tribu, pero su sentido común le dijo que sería inútil. Pensó también en romper sus ligaduras y morir peleando. Al menos así su fin sería más rápido. Pero no pudo desatarse. Las correas de caribú eran más fuertes que él. Siguió pensando y se le ocurrió una idea. Pidió ver a Makamuk y que trajeran un intérprete que conociera la lengua de la costa.

-¡Oh, Makamuk! -le dijo-. Yo no estoy destinado a morir. Soy un gran hombre y sería una locura que muriera. En verdad debo seguir viviendo. Yo no soy como esta carroña -miró el bulto gimiente que había sido el Gran Iván y lo rozó despectivamente con la punta de su mocasín-. Yo sé demasiado para morir. Mira que poseo una gran medicina. Yo sólo sé el secreto. Y como no voy a morir, cambiaré la medicina contigo.

-¿Qué medicina es esa? -preguntó Makamuk.

-Es una medicina muy extraña.

Subienkow fingió debatir consigo mismo unos momentos, como si íntimamente se resistiera a compartir su secreto.

-Te lo diré. Si aplicas un poco de esta medicina a tu piel, ésta se vuelve tan dura como la piedra, tan dura como el hierro, de modo que ni el arma más afilada puede cortarla. El filo más agudo, el golpe más fiero, resultan vanos contra ella. Esa medicina torna el cuchillo de hueso en un pedazo de barro y mella el filo de los cuchillos de acero que nosotros les hemos dado a conocer. ¿Qué me darás a cambio de mi secreto?

-Te daré la vida -respondió Makamuk a través del intérprete. Subienkow rió despectivamente-. Y serás esclavo en mi casa hasta tu muerte.

El polaco rió con desprecio aún mayor.

-Ordena que me desaten las manos y los pies y hablaremos -dijo.

El jefe de la tribu dio la señal. Cuando se vio libre, Subienkow lió un cigarro y lo encendió.

-Esto es absurdo -dijo Makamuk-. No existe tal medicina. No puede ser. Nada puede resistir al filo del cuchillo -Makamuk no lo creía... y, sin embargo, dudaba. Los ladrones de pieles habían llevado a cabo ante sus ojos demasiados milagros. No podía desoír sus palabras totalmente-. Te daré tu vida y no serás mi esclavo -anunció.

-Quiero más que eso -Subienkow se mostraba tan sereno como si regateara por una piel de zorro-. Es una medicina milagrosa. Me ha salvado la vida en muchas ocasiones. Quiero un trineo con perros, y que seis de tus cazadores viajen conmigo río abajo hasta que me encuentre a una jornada de distancia del fuerte Michaelovski.

-Tienes que quedarte entre nosotros y enseñarnos todas tus artes -fue la respuesta.

Subienkow se encogió de hombros y guardó silencio. Exhaló el humo de su cigarrillo en el aire helado y miró con curiosidad lo que quedaba del gran cosaco.

-Mira esa cicatriz -dijo Makamuk de pronto, señalando el cuello del polaco, donde un trazo lívido delataba la cuchillada recibida una vez en una escaramuza de Kamchatka-. Tu medicina no sirve de nada. El filo de hierro fue más fuerte que ella.

-El hombre que me hirió era muy fuerte -Subienkow meditó-. Más fuerte que tú, más fuerte que el más fuerte de tus cazadores, más fuerte que él.

De nuevo rozó con la punta del mocasín el cuerpo del cosaco. Había perdido el sentido, ofrecía un espectáculo estremecedor y, sin embargo, la vida seguía aferrada a su cuerpo torturado por el dolor, y se resistía a abandonarlo.

-Además, la medicina era débil. En ese lugar no crecían las bayas necesarias. En cambio, ustedes la tienen en abundancia. Mi medicina aquí será fuerte.

-Te dejaré ir río abajo -dijo Makamuk-, y te daré el trineo y los perros y los seis cazadores que has pedido para que te acompañen hasta que te halles a salvo.

-Tardaste en decidirte -fue la fría respuesta-. Has ofendido a mi medicina al no aceptar inmediatamente mis condiciones. Ahora pido más. Quiero cien pieles de castor -Makamuk hizo una mueca irónica-. Quiero también cien libras de pescado seco -Makamuk asintió porque el pescado allí era abundante y barato-. Quiero dos trineos, uno para mí y otro para transportar las pieles y el pescado. Y quiero que me devuelvas mi rifle. Si no aceptas en pocos minutos, el precio subirá más.

Yakaga susurró algo al oído del jefe.

-¿Cómo sabré que tu medicina obra el milagro que dices? -preguntó Makamuk.

-Eso será fácil. Primero iré al bosque...

Yakaga volvió a susurrar al oído de Makamuk, que negó con gesto de recelo.

-Manda a veinte cazadores conmigo -continuó Subienkow-. Tengo que recoger las bayas y las raíces con que fabricar la medicina. Cuando hayas traído a mi presencia los dos trineos y los hayan cargado con el pescado y las pieles de castor y el rifle, y cuando hayas seleccionado a los seis cazadores que han de acompañarme, cuando todo esté listo me frotaré el cuello con la medicina y pondré la cabeza sobre ese tronco. Entonces ordenarás al más fuerte de tus cazadores que aseste tres hachazos sobre mi cuello. Tú mismo puedes hacerlo, si así lo deseas.

Makamuk permaneció en pie con la boca entreabierta, empapándose en aquella última y más portentosa de las maravillas de los ladrones de pieles. -Pero primero -añadió apresuradamente el polaco-, entre hachazo y hachazo has de permitirme que me aplique la medicina. El hacha es fuerte y pesada y no puedo arriesgarme a cometer un error.

-Todo lo que has pedido será tuyo -dijo Makamuk, apresurándose a aceptar-. Comienza a preparar tu medicina.

Subienkow ocultó como pudo su alegría. Era aquella una partida desesperada y no podía permitirse el menor desliz. Habló con arrogancia.

-Has sido lento. Mi medicina se ha ofendido. Para enmendar la ofensa habrás de darme a tu hija.

Señaló a la muchacha, una criatura de expresión maligna, con una nube en un ojo y afilados dientes de lobo. Makamuk se enfureció, pero el polaco seguía imperturbable. Lió y encendió otro cigarro.

-Date prisa -le amenazó-. Si no te decides enseguida, pediré más.

En el silencio que siguió, la tenebrosa escena nórdica se esfumó ante sus ojos, y vio una vez más su tierra natal, y Francia, y en un momento que miraba a la muchacha de dientes de lobo recordó a otra muchacha, una bailarina y cantante que había conocido cuando, muy joven, había ido por primera vez a París.

-¿Para qué quieres a la muchacha? -le preguntó Makamuk.

-Para que me acompañe en mi viaje -Subienkow la estudió con ojo crítico-. Será una buena esposa y constituirá un honor digno de mi medicina emparentar con una mujer de tu sangre.

De nuevo recordó a la bailarina y tarareó en voz alta una canción que ella le había enseñado. Revivía su pasado, pero de un modo impersonal, lejano, mirando las imágenes de su juventud como si se trataran de fotografías impresas en el libro de la vida de otra persona. La voz del jefe rompió abruptamente el silencio sacándolo de su abstracción.

-Así se hará -dijo Makamuk-. La muchacha irá contigo. Pero quedamos de acuerdo en que seré yo quien descargue los tres hachazos sobre tu cuello.

-Pero recuerda que antes de cada uno de ellos habré de aplicarme la medicina -contestó Subienkow, poniendo una ligera nota de ansiedad en la pregunta.

-Te aplicarás la medicina antes de cada hachazo. Aquí están los cazadores que se encargarán de impedir tu huida. Ve al bosque y recoge lo que necesites para tu medicina.

La fingida rapacidad del polaco había convencido a Makamuk. Sólo la más maravillosa de las medicinas podía impulsar a un hombre amenazado de muerte a regatear como una anciana.

-Además -susurró Yakaga cuando el polaco hubo desaparecido entre los abetos, acompañado de su escolta-, cuando tengas el secreto de la medicina puedes matarle.

-¿Cómo podré matarle? -respondió Makamuk-. Su medicina me impedirá hacerlo.

Subienkow no perdió mucho tiempo mientras reunía los ingredientes para su pócima. Seleccionó todo lo que le vino a las manos: agujas de abeto, cortezas de sauce, un trozo de corteza de abedul y unas bayas que hizo extraer de la tierra a los cazadores después de limpiar el terreno de nieve. Recogió por último unas cuantas raíces heladas y regresó al campamento.

Makamuk y Yakaga lo observaban en cuclillas a sus espaldas, anotando mentalmente qué ingredientes añadía a la olla de agua hirviendo y en qué cantidades.

-Hay que tener cuidado de poner las bayas primero -explicó-. Me olvidaba. Falta una cosa. El dedo de un hombre. Déjame, Yakaga, que te corte un dedo.

Pero Yakaga ocultó la mano y frunció el ceño.

-Sólo el dedo índice -rogó Subienkow.

-Yakaga, dale el dedo -ordenó Makamuk.

-Ahí tiene todos los dedos que quiera -gruñó Yakaga, señalando el montón informe de cadáveres torturados que se apilaba sobre la nieve.

-Tiene que ser el dedo de un hombre vivo -objetó el polaco.

-Tendrás el dedo de un hombre vivo -Yakaga se acercó al cosaco y le cortó un dedo-. Aún no ha muerto -anunció, arrojando el trofeo sangriento a los pies del polaco-. Además es un buen dedo, porque es muy grande.

Subienkow lo arrojó directamente al fuego y comenzó a cantar. Era una canción de amor francesa la que, con gran solemnidad, cantaba a la poción.

-Sin esta fórmula, la medicina no valdría para nada -explicó-. Son estas palabras lo que le dan su fuerza. Mira, ya está lista.

-Di las palabras despacio, para que pueda aprenderlas -ordenó Makamuk.

-Te las diré después de la prueba. Cuando el hacha caiga tres veces sobre mi cuello te comunicaré la fórmula secreta.

-Pero, ¿y si la medicina no sirve? -preguntó ansioso Makamuk.

Subienkow se volvió hacia él enfurecido.

-Mi medicina siempre es buena. Y si no lo es, haz conmigo lo que hiciste con los otros. Despedázame como has hecho con él -dijo señalando al cosaco-. La medicina ya se ha enfriado. Me la aplicaré en el cuello con otra fórmula mágica.

Y mientras se frotaba el cuello con aquella mixtura entonó gravemente una estrofa de La Marsellesa.

Un alarido vino a interrumpir la comedia. El cosaco gigante, obedeciendo al último impulso de su vitalidad monstruosa, se había puesto de rodillas. Y cuando el Gran Iván, un momento después, comenzó a arrastrarse a espasmos sobre la nieve, los mulatos acogieron el hecho con carcajadas, gritos de sorpresa y aplausos.

Subienkow sintió náuseas ante aquel espectáculo, pero supo dominarse y fingir enojo.

-Así no se puede hacer nada -dijo-. Acaba con él y luego haremos la prueba. Tú, Yakaga, encárgate de que cesen esos ruidos.

Mientras Yakaga obedecía, Subienkow se volvió hacia Makamuk.

-Y recuérdalo, el hachazo tiene que ser muy fuerte. No se trata de un juego de niños. Dale un par de tajos a ese tronco, para que pueda ver que manejas el hacha como un hombre.

Makamuk obedeció y asestó al tronco dos hachazos precisos y vigorosos que arrancaron una gran astilla de madera.

-Muy bien -Subienkow miró en torno suyo al círculo de rostros salvajes que parecían simbolizar la muralla de brutalidad que lo había rodeado desde aquel día lejano en que la policía del zar lo había arrestado en Varsovia-. Toma tu hacha, Makamuk, y ponte de pie aquí. Yo me echaré sobre el tronco. Cuando levante la mano asesta el golpe. Hazlo con toda tu fuerza, y ten cuidado de que nadie se ponga detrás de ti. La medicina es buena y el hacha puede rebotar en mi cuello y saltar de tus manos.

Miró los dos trineos con los perros enganchados y cargados de pieles y pescado. Sobre las pieles de castor yacía su rifle, y junto a los trineos esperaban los seis cazadores que iban a constituir su guardia.

-¿Dónde está la muchacha? -preguntó el polaco-. Que la lleven junto a los trineos antes de que dé comienzo la prueba.

Cuando hubieron satisfecho su deseo, Subienkow se echó en la nieve y puso la cabeza sobre el tronco, como un niño fatigado que se dispone a dormir. Había vivido tantos años y tan terribles, que de verdad estaba cansado.

-Me río de ti y de tu fuerza, Makamuk -dijo-. Pega y pega fuerte.

Levantó la mano. Makamuk blandió el hacha, una segura de las que utilizaban los indios para cortar troncos. El acero hendió como un rayo el aire helado, se detuvo una fracción de segundo a la altura de su cabeza y descendió después sobre el cuello desnudo de Subienkow. Carne y hueso cortó la hoja limpiamente, abriendo después una profunda hendidura en el tronco. Los salvajes, asombrados, vieron caer la cabeza a un metro de distancia del tronco ensangrentado.

Se hizo un profundo silencio, durante el cual, poco a poco, se fue abriendo camino en las mentes de aquellos salvajes la idea de que no existía tal medicina. El ladrón de pieles los había engañado. De todos los prisioneros, sólo él había escapado de la tortura. En eso había consistido su jugada. De pronto se levantó una oleada de risotadas. Makamuk agachó la cabeza avergonzado. El ladrón de pieles lo había burlado. Lo había ridiculizado ante los ojos de todos. Mientras los salvajes continuaban riendo a carcajadas, Makamuk se volvió y se alejó con la cabeza agachada. Sabía que desde aquel día ya no sería Makamuk. Sería el burlado. La fama de su vergüenza lo seguiría hasta la muerte, y cuando las tribus se reunieran en primavera para la pesca del salmón, o en el verano para traficar, junto a las hogueras de los campamentos se referiría la historia de cómo el ladrón de pieles había muerto una muerte digna a manos del burlado. ¿Quién fue el burlado?, oía preguntar en su imaginación a un jovenzuelo insolente. El burlado, le responderían, fue aquél a quien llamaban Makamuk antes de que cortara la cabeza al ladrón de pieles.

...